A la mierda

Que ha venido el espejo
a romperse ante mis ojos
y hay entre añicos recuerdos,
cicatrices del pasado mal borrado.
Ahí estoy,
leona de siete,
gacela de doce,
jorobada ballena de dieciocho.
Ahí estoy,
despierta y dormida,
trémula e hiperactiva,
hiriente y dolida,
magia, primera vez y rutina.
Se me clavan en las yemas
púas enhiestas de memoria
que el recogedor no arrastra.
Era mi vida,
era yo, mi yo real y fingido,
era clara, nítida
era turbia y tétrica
en la imagen virtual de la pared. Sigue leyendo

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Matar al padre

Hay varias razones para justificar que el blog esté en un coma inquietante últimamente, pero hay una que es, sin duda, la principal: no leo. O leo poco. O leo mal. Aunque sobrevive a base de pequeños textos, de desahogos comprensibles (o no tanto), su origen y su fin último, la literatura, ha estado tan ausente en mi vida en estos meses pasados que me ha sido imposible publicar, aunque fuese una miaja de contenido.

Supongo que son los cambios, la necesidad de vivirlo todo y de vivirlo bien, las luces de la ciudad… mil y una cuestiones que me han mantenido al margen de las letras (más allá de las en absoluto tentadoras divagaciones de mis apuntes). Sin embargo, solo la literatura salva a la literatura y aquí estoy, otra vez, tratando de aferrarme a los libros para recuperar una parte de mí que ha estado parpadeando, como un intermitente ansioso en una bifurcación desconocida.

No me había dado cuenta de que había algo que me faltaba hasta que volví a ello. Se está perfectamente bien sin leer, no provoca traumas, no se pierde ingenio. Los argumentos clasistas a favor de la lectura son meras falacias. Pero cuando te has estado apoyando en las letras durante años es normal que hayan terminado por escarvar en alguna parte dentro de ti. Y no se puede plantar cualquier especie en un terreno concreto; el riesgo de que no crezca es grande. Sigue leyendo

Sevicia

Me desnudas sin palabras
y sin palabras me entierras.
Con la mirada ferviente
del que no guía sus pasos más allá de su reflejo,
del que late, sin saberlo, pero late y golpea fuerte.
Con las sinapsis erradas
del que no brilla salvo en sus pupilas
cuando hiede el alcohol en su des-aliento,
cuando hiede falso el valor en su hombría.

Me arrancas de la vida
cuando aún trino.
Me fustigas con meandros las espaldas
rebotando las albardas contra el suelo.
Que ya no sé si me quitas pena con la muerte
o me crujes los costados nuevamente.

Pero ese río tuyo, tormentoso,
que me levanta del barro los pies
y me estrangula entre sus pútridos juncos;
pero ese río tuyo de desventura,
ignorancia y sevicia,
no es más que polvo en el fondo
de un cajón perdido en el rincón de quién sabe qué hotel;
no es más que lágrimas caducadas
y el mío, fresco corazón, palpitante de vida.

¿Qué es el miedo? ¿Qué es la huida?

Estoy aquí delante, erguida,
con el puño apretado y el ejército de un millón de vencidas
respirándote.

Vuela, cobarde.

Clara S

He pensado

He pensado, ya que nos vamos a morir, que sea liviano.

Los párpados que aún vagan por la playa, verano lamiendo las heridas, cucuruchos entre bloques de hormigón y malos besos de infancia. Melancólica melodía para flauta dulce desafinada, con dedos de alambre tapando las negruras de la vida sin atino. Suena la muerte entre las rendijas de una persiana mal bajada que, a duras penas, oculta del sol la soledad de un cuarto en ruinas y un corazón batido. Maratón de taxis por la gran vía de un pueblo herido, la sangre barriendo salvaje briznas de verde tierra hasta desaparecer en una balsa de sonrisas fingidas y pelo de visón en los semáforos. Es nochebuena en agosto y lloran a la mesa los perros de arrugado hocico y cadera pisada. Con suspiros entre ladrido y ladrido plañen por unos instantes más antes de que el blancor de una sala aséptica les cierre los ojos y apriete los dientes. Por los que vienen y por los que se van, aulla discordante la manada que queda, la manada que late, la manada que es.

He pensado que, ahora que por fin nos morimos, es mejor olvidar y que caiga el telón de los años.

 

Clara S

Recapitulación (II)

Ha pasado otro mes en este paradójico oasis del sur. Me distraigo del estudio para los últimos parciales con un poco de Twitter, suena reguetón  música de culto en Spotify y pienso en todo lo que me gustaría escribir y para lo que no tengo tiempo ahora mismo. Ya me he puesto las pilas, estoy centrada en lo que tengo que hacer y las cosas no están tan mal. Primeras dosis de realidad y el descubrimiento de que sienta más que bien equivocarse y volver a intentarlo.

Empieza a hacer fresco y la cama invita a acurrucarse entre un par de capas y dormir y leer y procrastinar de todas las formas y en todos los idiomas posibles. De vez en cuando, en los ratos de descanso, una taquicardia salvaje acecha y asoma la decepción por la puerta. La mayor parte de las veces se marcha igual que había venido, de un plumazo, pero otras se queda. 

La decepción por

  1. esta sociedad de mierda
  2. esta sociedad de mierda que tanta coba da a la enseñanza privada
  3. ¿esta sociedad de mierda?

Deleznable ver todo lo relativo a la Manada, ver cómo la justicia se da palmaditas en la espalda como siempre. Doloroso que se haga todo lo posible por intercambiar los puestos de víctima y verdugo. Irrisorio que haya que levantarse, a estas alturas, a decir que sí, que te/nos creemos, que te/nos defenderemos. ¿Si no lo hacemos nosotrs, quién? Logic not found cuando Sanidad mete el dedo en la llaga y vincula alcohol a relaciones no consentidas, culpabilizando a… Bueno, ni que fuese una sorpresa.

Y esas cosas, incoherencias, pensamientos nocturnos, diatribas sobre el crecimiento personal. Una vida aceptable, en resumen. 

Diciembre parece querer seguir el mismo camino.

 

Clara S