Stephen King en la pantalla: It (2017)

Stephen King tiene en su haber decenas y decenas de novelas (incluso algunas, como Cujo, que, como él mismo menciona en su On Writing: Memoir of the Craft, no recuerda haber escrito). Paralelo es el número de adaptaciones de sus obras, que también se cuentan por docenas y que comprenden desde películas tan notables como El resplandor, de Kubrick, a la nostálgica, por no decir otra cosa, teleserie de It de 1990. Resultado de imagen de stephen king monsters

Este año, después de unos cuantos con el proyecto parado, con un baile de directores y de guionistas, así como de actores, el remake de It ve por fin la luz. Lo hace de la mano del argentino Andrés Muschetti y con Cary Fukunaga (quien había sonado como director) aportando buena parte del guion (antes de abandonar el barco). Una película de terror anunciada y esperada que parece destinada a convertirse en aquello para lo que fue creada: un blockbuster, un taquillazo de terror tras el verano.

Las comparaciones son odiosas, más aún si se hacen, como en este caso, con la intención de dejar atrás la teleserie de los noventa, que pudo haber aterrorizado a muchos niños (y no tan niños en su momento), pero que hizo, a nivel visual, de reparto y de tratamiento de la trama, una auténtica escabechina. Por eso este regreso de la nostalgia de hace ya casi 30 años parece apetecer. Y mucho. Sigue leyendo

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Sobre el verano

En verano me cuesta mantenerme al día con el blog: demasiado tiempo libre como para organizarlo y hacer algo productivo con él.  De hecho, en todas estas semanas de vacaciones apenas he cogido un libro y me he dedicado, la mayor parte del tiempo, a vagar como alma en pena, rogando por un poco de sol en el norte, y refugiándome en series y películas.

De todas formas, aprovecho un momento de inspiración excepcional (el saber que todo lo bueno se acaba) para compartir por aquí lo que he leído/visto estos últimos meses. En mayo y principios de junio, por eso de preparar la selectividad, estuve bastante fuera de todo, así que lo principal viene a partir de esas fechas. 


Huelga decir que este año no estoy muy por la labor de leer. No sé por qué, pero apenas lo hago y no me pide el cuerpo hacerlo, así que es la pescadilla que se muerde la cola. Desde mayo he leído cinco libros, a saber:

Una casa en Bleturge, de Isabel Bono

Orthodoxia: Cuando la muerte no es un número al azar, de Ulises Bértolo

La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca

Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima

1984, de George Orwell

También tengo otros tantos a medias. Sigo con The Feminist UtopiaItLa buena compañía, pero he sumado otros tres a los empezados: El pulgar del panda, de Stephen Jay Gould, El mono desnudo, de Desmond Morris y La vida invisible de Eurídice Gusmão, de Martha Batalha. Este último me está gustando mucho (estaba siendo lectura de playa), pero da pena terminarlo, así que me lo estoy tomando con calma -y eso que es , todavía, el tercer libro que llevo del reto Viajar Leyendo. También he avanzado un poco con El segundo sexo y con Danza de dragones, pero este último sufrió un accidente (se le desprendió un pliego de páginas) y lo he dejado un poco de lado.  


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Recuerdos y redes

No me gusta, por lo general, leer cosas escritas uno, dos o más años atrás. Sucede, simplemente, que no me identifico con lo que se ha escrito y, en muchos casos, con la versión de mí que los escribió. Por eso tiendo a deshacerme de ello. Claro está que, si es algo determinante, no voy a suprimirlo así como así, porque es algo que formó parte de mí y que ha estado en el camino que he recorrido hasta el momento actual. Sin embargo, cuando se trate de asuntos más banales, me los quito de encima en cuanto tengo ocasión.

Esto ocurre en mis redes sociales. En Facebook conseguí, hará unos meses, deshacerme de todas las publicaciones que aparecían en mi perfil y que no se adecuaban en absoluto a lo que ahora haría o diría. En Twitter me dediqué, durante el verano pasado, a borrar tuits con paciencia y a limpiar mi cuenta. Este julio he vuelto a la carga y he empezado a borrar publicaciones (si por mi fuera lo borraría todo, pero hay retuits y ciertos contenidos que me gustaría mantener, así que no termino de animarme) y, al hacerlo, me ha invadido la nostalgia.

Entre todos esos mensajes breves, que ni siquiera llegan a los 140 caracteres, he visto transcurrir estos últimos años de vida a trompicones. De manera concentrada y dispar, obviamente, pero ahí estaba. Y, aunque no fuese capaz de recordar el motivo de la redacción de tal o cual mensaje, o su intención exacta, es un museo de recuerdos que permiten evocar escenas, sensaciones o sentimientos de otra manera aparcados en un garaje oxidado del olvido.

Personas que han llegado, han desordenado la habitación y se han marchado de un portazo; decepciones, desilusiones, reencuentros, días de optimismo exacerbado, alegrías momentáneas y triviales. Todo recogido en textos de lo más variopintos, en fragmentos de canciones, en pequeños vídeos, en gifs o en pensamientos de otros que, por lo que sea, terminamos haciendo nuestros.

Ahí está todo. Unas memorias a tiempo real que pueden llegar a hacer mucho daño, que te traen alegrías esporádicas y que son agridulces, en definitiva, como la vida misma.

Hasta este momento no me había dado cuenta de qué manera acabo, acabamos, si se me permite apoyarme en este recurrente plural mayestático, vertiendo nuestra vida en las redes, impregnando todo nuestro alrededor de pequeños detalles que recuerdan instantes concretos. Y de lo complicado que resulta saber hasta qué punto se puede continuar volcando el contenido de la jarra sin secarla ni inundar los alrededores.

Cosas feministas (I) – Feminismo mainstream

Frecuento mucho Twitter, demasiado incluso, y ahí siempre se están cociendo cosas. Algunas más importantes, otras menos… y vídeos de gatos. Eso 24/7. Aunque mi TL está infestada de libros, también una parte importante rezuma feminismo en sus más variopintas clases. Por eso suelo enterarme de mil y una cosas relacionadas con bastante asiduidad. Pero también presencio actitudes y comentarios que acaban por hacer que me hierva la sangre.  [También es cierto que todo esto ocurre en Twitter, que ni Twitter es EL feminismo, ni desde ahí se van a cambiar las cosas a base de hashtags (aunque muchos parecen pensarlo), pero al menos es una fuente temporal de la que beber ante la falta de aguas más puras alrededor].

En estas semanas que he estado desconectada de todo, me he ido enterando a cuentagotas, de cosas a través de esta red social. Y sobre una de ellas me gustaría hablar aquí.  Son, cómo no, las camisetas feministas de Dulceida (lo sé, vengo con algo de retraso).

Dulceida "Feminist"

Fuente: @dulceida (Instagram)

Digamos que con el tema de feminismo se puede hablar, discutir e incluso llegar a las manos (aquí, que tan dados somos a exaltarnos cuando el resto no comparte nuestra opinión) sin exagerar demasiado.  No hay una corriente única de pensamiento dentro del feminismo y eso es lo que lo vitaliza y, a la vez, coloca siempre en el medio de todas las polémicas.  Sigue leyendo

Minirreseña: Orthodoxia, de Ulises Bértolo

A finales del año pasado, el autor de esta novela se puso en contacto conmigo para proponerme que la leyese y hablase acerca de ella. Queda bastante claro que, últimamente, llevo un poco mal el tema fechas y las publicaciones en el blog. De todas formas, me las he apañado para escribir un poco sobre Orthodoxia hoy. 

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Leí, hará dos años, la primera novela de Bértolo, La sustancia invisible de los cielosy me encantó. Aún guardo un buen recuerdo, aunque vago, de la lectura, así que me pareció más que bien volver a sumergirme en el universo del autor. 

En Orthodoxia la Historia, al igual que en su primer libro, tiene mucha importancia. Es, de hecho, la base de la trama: no es casualidad que el prólogo parta del siglo X. 

En este caso, a la cabeza de los personajes tenemos a Sandra Márquez, guardia civil de la unidad de patrimonio, quien tiene que hacer frente a un asesinato en el Monasterio de Uclés. Detrás de este acto se esconde un enorme misterio, en el cual la agente se verá inmersa, pero no lo hará sola, sino de la mano de Thomas, un reconocido profesor, y Luis, un gallego que se afana en investigar la Orden de Santiago.

A lo largo de las más de 450 páginas se desarrolla el misterio, que bebe constantemente del pasado, y avanza cambiando de localización una y otra vez, así como de personajes. Del nudo central aparecen cada vez más cabos que, en un principio, parece difícil que vayan a poder anudarse en algún momento. No obstante, Bértolo consigue desembarazarse de la situación con bastante eficacia. Sigue leyendo