Soldados de Salamina

Huelo julio, o aspiro a hacerlo, inmenso en sus cuarenta grados del seseo; aceptable de sol y brisa de algas frente al mar. Antes, lo peor, torbellino de exámenes, no tantos ni tampoco tan duros, pero igualmente inabarcables. 

El último libro que me terminé, allá por marzo, fue Pedro Páramo. Fue la necesidad de escapar de la obligación de estudiar, la omnipresente sombra que Doña Bárbara parece haber imprimido en algún rincón esquivo de mi memoria, y la tierna desazón con que cerré las tapas de  La vida invisible de Eurídice Gusmão y le tuve que decir adiós a un Brasil lleno de mujeres de historias imposibles.  

Desde entonces, vacío. Páginas intermitentes de Las venas de Galeano y un trémulo acercamiento a la turbia prosa de Krasznahorkai en Satantango, pero nada más que eso, un saludo sin conversación adherida, sin ganas nada más allá de un qué tal, muy bien, y tú.  Sin embargo, un recordatorio casual y sin intención ha sido el culpable de que haya abandonado, por unas horas, el ir y venir de quejas entre apuntes y Twitter, para dejar por escrito que, por fin, sí, he conseguido insuflarle el suficiente aire a un libro como para que este consiga vivir-me. Se me hace raro, como si se pudiese desaprender a leer y desmenuzar lo leído, dormida la neurona antes hiperactiva de letras.

Soldados de Salamina / 210 págs. / 2001

En todo caso, he bebido del modesto cinismo de Cercas, que no había vuelto a atisbar desde El inquilino y ha sido entretenido, como un mar con olas suaves que va separando de la orilla al nadador entregado poco a poco. Girar, todo el camino, en torno a un alfiler perfectamente anclado a una tela, pero con unas vueltas más laxas que otras y con hilos de colores y texturas distintas.

No sabría decir si el alfiler es Sánchez Mazas, cuya muerte fallida y derivaciones van lanzando tentáculos como si de un pulpo se tratase, o el propio Cercas, desde su posición de narrador extranjero en su propio relato, el que va y viene rodeando a Conchi, a Sánchez Mazas, a Miralles y a la guerra sin héroes que sigue con las heridas emponzoñadas.  

Compulsiva la mentira del autor frustrado y disonante la chabacana figura de Conchi, el contacto entre la vida cotidiana y el rebuscar entre el pasado para tintar papeles con vistas al futuro.  Disonante, también, el pasodoble del desharrapado ante la inmediatez de la muerte y del comienzo de una odisea continuada. 

Disonantes, tal vez, las últimas páginas, de prosa regalada y meditaciones de escritor que busca redondear su relato real tanto en la ficción como fuera de ella; y, sobre todo, las puntadas que intentan que Miralles no se descomponga, como una camisa sobrehilada, pero nunca cosida. La búsqueda del héroe, o del antihéroe que es, en su defecto, el único héroe que existe más allá de las grandes gestas de lanza y rocín no flaco, presumiblemente, es tan infructuosa como sabrosos los pasodobles de camping y desharrapados anacrónicos. 

No sé, tal vez si alguna vez hay que buscar la respuesta algo, por intrincado que sea el asunto, la propia respuesta sea: ¡Chucha, Javier!, y que nos bendiga Bolaño.SolSal

 

“Cuando en los meses finales de la guerra civil española las tropas republicanas se retiran hacia la frontera francesa, camino del exilio, alguien toma la decisión de fusilar a un grupo de presos franquistas. Entre ellos se halla Rafael Sánchez Mazas, fundador e ideólogo de Falange, quizá uno de los responsables directos del conflicto fratricida. Sánchez Mazas no sólo logra escapar de ese fusilamiento colectivo, sino que, cuando salen en su busca, un miliciano anónimo le encañona y en el último momento le perdona la vida. Su buena estrella le permitirá vivir emboscado, protegido por un grupo de campesinos de la región, aunque siempre recordará a aquel miliciano de extraña mirada que no lo delató. El narrador de esta aventura de guerra es un joven periodista que se propone reconstruir el relato real de los hechos y desentrañar el secreto de sus enigmáticos protagonistas. Un quiebro inesperado, sin embargo, le llevará a descubrir que el significado de esta historia se encuentra donde menos podía esperarlo: porque uno no encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega”.

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A la mierda

Que ha venido el espejo
a romperse ante mis ojos
y hay entre añicos recuerdos,
cicatrices del pasado mal borrado.
Ahí estoy,
leona de siete,
gacela de doce,
jorobada ballena de dieciocho.
Ahí estoy,
despierta y dormida,
trémula e hiperactiva,
hiriente y dolida,
magia, primera vez y rutina.
Se me clavan en las yemas
púas enhiestas de memoria
que el recogedor no arrastra.
Era mi vida,
era yo, mi yo real y fingido,
era clara, nítida
era turbia y tétrica
en la imagen virtual de la pared. Sigue leyendo

Matar al padre

Hay varias razones para justificar que el blog esté en un coma inquietante últimamente, pero hay una que es, sin duda, la principal: no leo. O leo poco. O leo mal. Aunque sobrevive a base de pequeños textos, de desahogos comprensibles (o no tanto), su origen y su fin último, la literatura, ha estado tan ausente en mi vida en estos meses pasados que me ha sido imposible publicar, aunque fuese una miaja de contenido.

Supongo que son los cambios, la necesidad de vivirlo todo y de vivirlo bien, las luces de la ciudad… mil y una cuestiones que me han mantenido al margen de las letras (más allá de las en absoluto tentadoras divagaciones de mis apuntes). Sin embargo, solo la literatura salva a la literatura y aquí estoy, otra vez, tratando de aferrarme a los libros para recuperar una parte de mí que ha estado parpadeando, como un intermitente ansioso en una bifurcación desconocida.

No me había dado cuenta de que había algo que me faltaba hasta que volví a ello. Se está perfectamente bien sin leer, no provoca traumas, no se pierde ingenio. Los argumentos clasistas a favor de la lectura son meras falacias. Pero cuando te has estado apoyando en las letras durante años es normal que hayan terminado por escarvar en alguna parte dentro de ti. Y no se puede plantar cualquier especie en un terreno concreto; el riesgo de que no crezca es grande. Sigue leyendo

Sevicia

Me desnudas sin palabras
y sin palabras me entierras.
Con la mirada ferviente
del que no guía sus pasos más allá de su reflejo,
del que late, sin saberlo, pero late y golpea fuerte.
Con las sinapsis erradas
del que no brilla salvo en sus pupilas
cuando hiede el alcohol en su des-aliento,
cuando hiede falso el valor en su hombría.

Me arrancas de la vida
cuando aún trino.
Me fustigas con meandros las espaldas
rebotando las albardas contra el suelo.
Que ya no sé si me quitas pena con la muerte
o me crujes los costados nuevamente.

Pero ese río tuyo, tormentoso,
que me levanta del barro los pies
y me estrangula entre sus pútridos juncos;
pero ese río tuyo de desventura,
ignorancia y sevicia,
no es más que polvo en el fondo
de un cajón perdido en el rincón de quién sabe qué hotel;
no es más que lágrimas caducadas
y el mío, fresco corazón, palpitante de vida.

¿Qué es el miedo? ¿Qué es la huida?

Estoy aquí delante, erguida,
con el puño apretado y el ejército de un millón de vencidas
respirándote.

Vuela, cobarde.

Clara S

He pensado

He pensado, ya que nos vamos a morir, que sea liviano.

Los párpados que aún vagan por la playa, verano lamiendo las heridas, cucuruchos entre bloques de hormigón y malos besos de infancia. Melancólica melodía para flauta dulce desafinada, con dedos de alambre tapando las negruras de la vida sin atino. Suena la muerte entre las rendijas de una persiana mal bajada que, a duras penas, oculta del sol la soledad de un cuarto en ruinas y un corazón batido. Maratón de taxis por la gran vía de un pueblo herido, la sangre barriendo salvaje briznas de verde tierra hasta desaparecer en una balsa de sonrisas fingidas y pelo de visón en los semáforos. Es nochebuena en agosto y lloran a la mesa los perros de arrugado hocico y cadera pisada. Con suspiros entre ladrido y ladrido plañen por unos instantes más antes de que el blancor de una sala aséptica les cierre los ojos y apriete los dientes. Por los que vienen y por los que se van, aulla discordante la manada que queda, la manada que late, la manada que es.

He pensado que, ahora que por fin nos morimos, es mejor olvidar y que caiga el telón de los años.

 

Clara S