Reseña: La aldea perdida, de Armando Palacio Valdés

¡Buenas tardes! ¿Cómo lleváis este mes de diciembre? Yo aún no me lo creo, parece que fue ayer cuando comenzó el 2014 y pronto nos va a tocar comernos las uvas de nuevo. Pero qué le vamos a hacer. No sabía muy bien que traeros, así que he decidido preparar la reseña de una obra que me tuve que leer obligatoriamente (malditas lecturas trimestrales) y que no sabría muy bien como calificar. Una del Realismo, por favor.


Situados en Entralgo, una aldea de Laviana (Asturias), hacia finales del siglo XIX, el autor narra las andanzas de Nolo, Demetria, Jacinto, Flora y demás habitantes de ese pueblo y otros colindantes, entremezclándolas con las constantes peleas entre “aldeas enemigas” y con la industrialización de la comarca. Este, el verdadero tema de la obra, posiciona a Valdés como defensor acérrimo de la vida rural, catalogando a los mineros como demonios y destructores del medio.


 Esta no es una obra que hubiese elegido como lectura, porque no me atrae en absoluto el tema ni la localización de la trama, pero el deber es el deber, y nada se puede hacer contra un libro de lectura obligatoria. Para entrar en materia, comenzaremos por el estilo narrativo. Palacio Valdés escribió obras que ahora enmarcamos en el movimiento denominado Realismo, quizás tintado de Naturalismo en algunos de sus escritos. ¿A qué llamamos Realismo? Estamos hablando de una corriente estética que trataba de narrar con objetividad y despersonalización los hechos, después de haberse documentado mucho al respecto. El autor, natural de Entralgo (dónde se sitúa la acción), realiza una perfecta descripción de ambientes, porque le eran totalmente familiares.

Así mismo, se narra con bastante objetividad, pese a la marcada tendencia tradicionalista del autor en esta época de su vida. Bien, sabiendo esto, podemos colocar medianamente la novela en su lugar, para pasar a la historia en sí. Nos colocamos en la aldea de Entralgo, en el actual concejo de Laviana. Es, como bien ora el título de la obra, una aldea perdida, bastante alejada de la capital y que se comunica con otros lugares similares por caminos complicados. Sus moradores viven de la agricultura y de la ganadería, se alimentan de boroña (una especie de pan que sirvió de alimento a las familias del campo de Asturias hasta hace bien poco, y que en ocasiones especiales se podía rellenar de chorizo y otros embutidos), leche, agua y alguna verdura, tienen una existencia apacible, con reyertas entre los jóvenes que no llegan a más, y crían un buen puñado de hijos.

Nosotros conocemos a Nolo, Jacinto, Flora y Demetria principalmente, que van a ser los protagonistas y los más desdichados también. Todos trabajan en el campo los dos primeros son primos y ella buenas amigas que comparten una infancia falsa (por llamarla de alguna manera), ya que descubren que sus padres no eran quienes decían ser (Demetria) y qué había conocido a su padre toda la vida y no sabía que era él (Flora). Nolo es un joven de poco más de 20 años que vive en una braña (lo que vendría siendo una población diminuta, en una zona medio alta de una montaña, donde se tiene buen pasto para el ganado todo el año), esbelto, fornido (como se diría aquí en Asturias, de muy buen ver), que no gusta de entrar en trifulcas. Jacinto no se nos presenta con tanta profundidad en la obra, pero es también un chaval galante, al que Flora trae de cabeza, que, aunque parece estar siempre un poco por detrás de su primo, es buena persona y muy querido. Demetria es una muchacha regordeta, agraciada, que vive con su el tío Goro y la tía Felicia, que aunque se nos presenten como sus padres, en realidad no lo son. Es muy reservada y prudente, pero muy apreciada en el pueblo. Flora es como una especie de torbellino, siempre sonriente, alegre, y juguetona. Está enamorada de Jacinto, pero le gusta molestarlo y lo trae por la calle de la amargura.  Es sabido que el trabajo en el campo es duro y conlleva mucho esfuerzo y dedicación, pero Palacio Valdés introduce un elemento que le da vidilla a la obra, y es la industrialización del lugar, que el muestra como si fuera la apocalipsis.

 A medida que avanzamos, vemos reflejada en la figura de los mineros, un aura de maldad, vicio y desapego familiar, que choca totalmente con el espíritu de los aldeanos. Es como si esta situación fuera a trastornar por completo el valle y a convertirlo en un infierno terrenal. Este estereotipo alcanza su culmen en Plutón y Joyana, los dos mineros en los que Valdés se toma la molestia de reencarnar al diablo. Nos los pinta como malvados, muy viciosos, impulsivos y muy peligrosos. Se dice que han estado varias veces en prisión, y portan armas (tanto blancas como de fuego, lo que revoluciona la típica manera de enfrentamiento entre aldeanos, siempre con palos y piedras).  Entre tanto, vemos las penurias de Demetria a quien viene a buscar su madre biológica (una señora de postín) para llevarse a Oviedo y educarla como la heredera del patrimonio que le pertenecerá;  la inusitada alegría de Flora al descubrir que el capitán (el hombre más rico del pueblo) es su padre; la desazón de Nolo al verse separado de su amada, y el avance de la construcción del ferrocarril minero. Lo más reseñable es el regreso de Demetria a la aldea, tras escaparse de su verdadera madre para volver con su familia, un incidente entre ella y Plutón que por poco le cuesta la vida, y un doble casamiento (Nolo-Demetria, Jacinto-Flora), que terminará fatalmente con la muerte de un miembro de cada pareja.

Básicamente, esta es la obra. Es muy pesada de leer, porque tiene muchas descripciones y muy exactas, tanto de espacios, de ropas, de costumbres, etc., y cuesta quedarse atrapado entre las páginas porque es un tema que ahora vemos simplemente como histórico, algo que tenía que suceder, y al que no le damos demasiada importancia. Como ya he dicho, no es complicado de leer, porque tampoco es para “pillar” mensajes entre líneas, ni mucho menos. Lo que puede presentar alguna complicación son las intervenciones de un vecino, enamorado de la Grecia Antigua, que se dedica a hablar a todas horas de los dioses del Olimpo y a equiparar la situación actual con algún mito; o quizás, ya no el ambiente, sino todo las alusiones a lo asturiano, que para mí es más o menos natural, y para otros puede resultar algo más extraño (aunque he de decir que el autor “castellaniza” muchas expresiones y acciones típicas, incluso excesivamente, empleando términos de la zona de Castilla, en diálogos del día a día).

En definitiva, no sabría decir si me ha gustado o no, porque no es algo que haya leído por placer. Reflexionando sobre puntos a favor y puntos en contra, supongo que a mi modo de ver, estaría bastante equiparado. No es una lectura que recomendaría al libre albedrío porque no creo que todo el mundo sea capaz de “amarla”, y, simplemente, porque yo no la volvería a leer. La apruebo, pero principalmente porque la narrativa está bien, y me ha hecho ilusión conocer un poco del pasado de la región, pero nada extraordinario.

 
Anuncios