Reseña: El pilates (y la madre que lo parió), de Juan Hache

¡Hola! ¿Qué tal estáis?
He intentado llevar a la par el blog y los exámenes, pero nanai, no hay manera. Siento no haber publicado (y eso que tenía esta reseña lista desde hace siglos), pero no he tenido tiempo de pasarme por aquí. A ver si esta semana me pongo, os visito y os comento. Volviendo a la reseña, debo comentaros que os traigo una crítica negativa de un libro un tanto peculiar. No os digo más y os dejo con ella. A ver qué os parece.

Cuando el amor y la dulzura se deterioran hasta convertirse en odio, pasividad y falta de sentimiento. Cuando la felicidad deja paso a la amargura y el “buen rollo” hace las maletas para dejar en la boca solamente el sabor del fracaso…
De este sentimiento nace “El pilates (y la madre que lo parió…)”, una historia actual de desamor entre dos hombres basada en hechos reales en la que se conjugan al cincuenta por ciento el deseo y la frustración, la alegría y la desesperación, la euforia y los celos. Quizá solo el tiempo logre cicatrizar sus heridas.


Este libro que me envió Punto Rojo no me lo esperaba en absoluto, pero me hizo ilusión, en cierto modo. Cuando estuve echándole un ojo a su catálogo había pensado que era un manual de autoayuda o algo similar. Pero resulta que la realidad distaba mucho de esa idea preconcebida. Nunca había leído una historia cuya pareja central fuese homosexual, y me pareció interesante ver cómo trataba la literatura a este dúo.
El pilates (y la madre que lo parió) nos cuenta las desventuras de Antonio (Tony para algunos amigos) y José, maestro de escuela y profesor de Pilates en un gimnasio, respectivamente. Narrado en primera persona por Antonio, veremos los obstáculos que tendrán que superan (tanto obstáculos externos como autoimpuestos) y asistiremos a sus idas y venidas; todo ello bañado en un humor peculiar.
Este libro es tan breve que pensaba terminármelo en una tarde, pero no hubo suerte. Y eso fue una mala señal. Yendo al grano (cosa extraña en mí) os diré que no me ha gustado. Y sabed que no suelo forjarme una opinión tan contundente, tan tajante, pero esta vez ha sido así y los argumentos para reforzar mi decepción afloran en las cunetas.
Nos enfrentamos a 140 páginas, una extensión que yo suelo identificar con lecturas amenas para aflojar otras más durillas, de vivencias desafortunadas (basadas, según menciona el autor en los agradecimientos, en testimonios reales) narradas en primera persona por Tony. Estamos ante una prosa difícil de digerir, que, eso sí, representa a la perfección el lenguaje coloquial (ya quisieran los autores del Realismo imitar tan bien los registros), pero afea mucho el libro y le quita seriedad al contenido. Por otro lado, el léxico es bastante limitado y abundan lo que yo llamaría palabros: palabras y/expresiones familiares que quizás lleven implícito algún recuerdo o alimenten las risas en el círculo de amistades del autor, pero que a mí no me han hecho ni pizca de gracia. Es más, diría que algunas me han parecido fuera de lugar.
La trama en sí es pobre. No hay desarrollo o, al menos, no el desarrollo esperado en una historia de una pareja abocada a la separación. Se nos presentan retazos de la relación sin orden ni concierto: comenzamos por el primer encuentro, sí, pero después se alternan épocas sin que se especifique el momento en que sucede, lo que es un lío (sobre todo hacia el final de la obra). No estoy criticando que no haya un desarrollo lineal, porque no es la única manera de estructurar una historia, pero, si se quieren alternar tiempos y espacios, habría que hacerlo pensando un poco más en el lector, facilitándole la lectura.
Pero, sinceramente, lo que me ha matado han sido los personajes y la imagen que se transmite de la pareja y de los ambientes que frecuentan. Antonio es maestro en un colegio, treintañero, agraciado (según sus propias palabras) y acaba de perder a su anterior pareja. Cuando conoce a José no se sabe si hay una evolución en su personalidad a causa del fallecimiento de su novio, o si siempre ha sido igual de mentecato. Creo que Tony es un personaje muy tonto (respecto a su carácter), sin personalidad, una especie de perrito faldero que se entrega al amor como un criajo imberbe. No me lo he podido tomar en serio, ya que me ha transmitido la sensación de estar reprimido, de dejarse llevar sin ton ni son. Casi he podido ver en su persona una representación de la cerrazón, represión y miedo que sufrían las mujeres durante los 50 o los 60, cuando dependían del marido para hacer cualquier cosa. José es un antagonista perfecto, claro está. Es el malo malísimo, el que amarga a Antonio quiera o no, el que lleva la voz cantante, el egocéntrico, controlador y el que es un poco zorro. Si a esto le sumamos que la historia nos la cuenta Antonio, es imposible hacerse una idea certera de qué pasa entre ellos dos, porque todo es o blanco o negro, no hay ni pizca de objetividad.
 
Y ahora hago un paréntesis en la reseña propiamente dicha para hablar de la imagen que se da de las parejas homosexuales en la literatura.
A los gays se los trata como personas reprimidas, con miedo a salir del armario, que no cuentan nada a nadie y que luego parece que son mariposones y unos exhibicionistas, que no pueden despegarse de su novio ni un momento. Además, no pueden vivir sin apoyar causas gays, sin demostrar y recalcar su condición sexual, como si nadie pudiese hablar con ellos sin saberlo.
A las lesbianas  se las presenta como marimachos (las relaciones lésbicas, encima, son más escasas que las de gays) o como chicas que están muy salidas. Violentas muy a menudo, odian a los tíos y son hiper feministas.
Vale. ¿Cuánto tiene eso de realidad? ¿Se trata de hacer más especiales estas relaciones en la literatura o de normalizarlas? Porque a mí, de verdad, no me importa leer sobre un hombre y una mujer, dos mujeres o dos hombres: lo importante es que la historia sea buena y creíble. Lo demás son meros detalles.
 
Bien, después de este inciso me toca hacer referencia a la edición del libro. No hablo de la portada (que ilustra bastante bien el tema), sino de ortografía y puntuación. Entiendo que es el primer libro del autor, que hay mucho más que exprimir y que es lógico cometer ciertos errores (¿Quién no los comete? ¡Si hasta en libros de grandes escritores se encuentran picias nada desdeñables?).
La ortografía es correcta (a grandes rasgos), aunque es cierto que hay unas cuantas tildes que se han colado (sobre todo tildes diacríticas en casos comunes: más/mas, qué/que, dé/de, tú/tu, sé/se, él/el, aún/aun), pero lo que sí me ha molestado un poco ha sido la puntuación. Puntuar bien es muy complicado (no me gustaría saber la de fallos que habré cometido yo, por ejemplo, en este post), pero es indispensable para darle el sentido adecuado a los enunciados, evitar confusiones y, obviamente, para dejar al lector respirar y con los ojos intactos.
Hay puntos suspensivos por todas partes (lo que entrecorta mucho el texto y, como dije antes, lo afea) cuando podrían sustituirse por puntos, dos puntos o comas sin ningún problema. Además, hay que tener mucho cuidado a la hora de empezar por mayúscula o minúscula después de los puntos suspensivos en función de si es la misma frase u otra distinta. Yo he tenido que echar un ojo a las recomendaciones de La FUNDÉU y a este post tan ilustrativo de Las malas hierbas para aclararme algunas cositas.
Después de aquello nos tomamos unas cervezas hablando de esto…, de aquello…, ¡de lo otro…!

 

También hay un uso discutible de las comas, que no están en el lugar más indicado  la hora de hacer muchas aclaraciones, o que cortan la frase justo antes del verbo. Y, por otro lado, muchas oraciones no están cerradas. Me explico: tienen signos de interrogación o de exclamación al principio, pero no al final, o, en su defecto, al final, pero no al principio. Que si esto fuera en una nota o carta escrita dentro de la historia no habría problema, porque se atribuiría al personaje y formaría parte de su caracterización, pero vemos estos fallos en el transcurso normal de la trama.
Por último quiero tratar un asunto que también me hizo ir a buscar apoyo en internet: la forma de los diálogos. Podemos representar las intervenciones al estilo tradicional del español (con guiones) o recurrir al estilo anglosajón o francés de las comillas. Pero las dos cosas no son lo más adecuado. El autor nos mezcla intervenciones con guiones, con comillas (con las dos cosas), con una comilla y un guion… Eso me lio y me estropeó un poco más la lectura. [Por cierto, si queréis podéis ver los tipos de diálogos que hay, AQUÍ]
-“Qué te parece si comemos juntos?”-le dije. “Yo a las 4 tengo que estar de vuelta en el colegio y aún no poseo el don de la ubicuidad. ¿Cómo lo ves?
“Me parece bien, quedamos a las 2 en la terraza del “Bellsouth”

 Pero, a fin de cuentas, esos son detalles que pueden pasarse por alto. Sin embargo, creo que el problema de este libro reside más bien en la forma en que se enfoca el tema. Da la sensación de estar leyendo una historia de amigos, una “batallita” cuyos puntos humorísticos solo pueden captar una serie de personas que tienen algo de idea del asunto. Parece que se ha apuntado bajo con este libro, limitando el público. Si se le hubiera dejado algo de oxígeno, si se hubieran ampliado sus horizontes, quizás nos encontraríamos con una novelita fresca, de risas y algo chocante.

Termino diciéndoos lo que os mencioné : no es una obra que os recomiende, porque me ha dejado un sabor de boca amargo.
Y hasta aquí la reseña de hoy. ¿Qué os ha parecido? ¿Conocíais el libro? ¿Os llama?
¡Soy toda oídos!