Reseña: Battle Royale, de Koushun Takami

¡Hola! ¿Qué tal estáis?
 Hoy os traigo una reseña que me ha llevado mi tiempo preparar, porque he disfrutado tanto la lectura que no quería estropear la experiencia con una crítica mediocre. ¿Conocéis Battle Royale?

En la República del Gran Oriente Asiático está prohibido el rock, esa música decadente. Los jóvenes crecen en un estado totalitario y controlador que promueve la competitividad. Como medida de control de rebeliones, la administración pone en marcha el Programa: cada año, 50 clases de distintos institutos son elegidas para luchar a muerte en la BATTLE ROYALE. Los alumnos elegidos son aislados en una isla. Las normas del juego son estrictas: no pueden escapar, no pueden contactar con el exterior, y solo puede quedar uno. Todo está permitido para sobrevivir. Empieza el juego. Empieza BATTLE ROYALE.


(Spoilers señalados)
Si consideramos esta lectura como el germen de Los juegos del Hambre, sin pararnos a calificarla de una manera mínimamente objetiva, estaríamos cometiendo un sacrilegio. Battle Royale es una distopía que yo calificaría como clásica, y que sigue los pasos de la genial Larga Marcha de King, dando lugar a una obra de profunda carga política y moral, que conjuga temor, sangre y poder de manera genial.

 

Situémonos en la Gran República Oriental (actual Japón), donde un gobierno opresor, comandado por la figura del Dictador, lleva a cabo todos los años en cada prefectura El Proyecto. Ahí es donde Takami nos introduce, sin paliativos, sin algodones ni tiempo para aclimatarnos. En un segundo todo está bien y al siguiente no hay más que pánico.
 Pero… ¿Qué es eso de El Proyecto?
Se elige, al azar, una clase de 3er curso de instituto de cada región y se envía a los alumnos a un lugar desconocido sin previo aviso. Allí deberán luchar a muerte hasta que quede solo uno. 
Y, ¿Cuál es la finalidad de El Proyecto?

Supuestamente es un mecanismo para mantener a raya los posibles deseos conspiratorios de la población hacia el gobierno, así como para hacer una demostración de poderío; pero, realmente, no es más que una actividad marginal, con es escasa (por no decir nula) cobertura mediática, que lo que hace es destrozar hogares y arrancar miles de vidas.

Una situación que, aunque descabellada, no desencaja con la imagen que se nos proporciona de la Gran República: un lugar con un profundo odio hacia el imperialismo americano, que ha prohibido el rock para evitar que se transmitan ideas peligrosas, y que ejerce una férrea censura sobre música, literatura y prensa, además de sobre internet.

Con este retrato de lo que Battle Royale significa, nos introducimos en el caso que se nos presenta y que seguimos a lo largo de las casi 700 páginas de novela.
Shuya Nanahara se va, junto con sus 41 compañeros de clase, de viaje de estudios en autobús. Sin embargo, por la noche, se percata de que no puede respirar bien en el autobús, que hay una extraña sustancia en el aire. Cuando se despierta está sentado en un aula, en la que parece su aula. Pero no lo es. La clase de Shuya ha sido escogida por el gobierno para participar en El Proyecto. Aislados, atemorizados, los 42 alumnos asisten a una charla sobre lo que les espera antes de descubrir el cadáver del profesor que los acompañaba, para comprender lo que el juego implica. Las normas son claras: deben matarse entre ellos, no se recomiendan las alianzas, si permanecen en una zona prohibida el collar que llevan en el cuello explotará, y si nadie muere en un periodo de 24 horas, todos los collares explotarán y los 42 participantes morirán.
La trama es clara, concisa y transparente: un número determinado de adolescentes, muchos de ellos amigos entre sí, que deberán luchar hasta que solo quede uno. No hay escapatoria. 
Descubrí este libro en un blog -no recuerdo cuál, para variar- y leyendo, en la reseña, referencias a La Larga Marcha y a Los juegos del Hambre me dije que tenía que leerlo. Y no tardé en seguir mi autorecomendación. Muchos de los que me leéis sabréis que Stephen King es mi autor de cabecera y que la Larga Marcha es una de las obras que más me impresionó, así que oír mentar su nombre en alguna parte hace que me declare fan incondicional de ese sitio/objeto/persona. Llamadme inculta, pero nunca había oído hablar de Battle Royale, quizás sí de la película (muy vagamente), pero en ningún caso sabía que de le existencia del libro. La sinopsis es infinitamente atractiva y describe muy bien qué nos vamos a encontrar. Una lectura cruda, sangrienta, donde lo importante es hacer un retrato conjunto de lo que la obra implica: violencia entre conocidos, superviviencia, represión… Un lienzo complicado sobre el que Takami despliega una paleta de colores repletos de matices buenos y malos, con pincelada gruesa y rápida, sí, pero que ofrece un resultado fantástico. 
Con la pincelada gruesa me refiero, sin duda, a la prosa. Esta novela no destaca, ni mucho menos, por su estilo, que es bastante corriente. Cumple bien su función, aunque si hubiese tenido una narrativa algo más embellecida (y no me refiero a la dureza de lo narrado) Battle Royale se merecería codearse con los dioses de la ciencia ficción distópica, 
Pese a que nos enfrentamos a una obra de extensión considerable, el ritmo es trepidante. Es sabido que en la mayor parte de novelas hay episodios de acción y episodios de relleno, fragmentos de transición. No en este caso. Hay sangre, muertes y tensión en cada página. Cero paja. Es increíble que tengamos 700 páginas repletas de acción y que, además, esa acción sea adictiva, como la peor de las drogas. A mí me llevó poco más de tres días finiquitarlo, y hubiera podido seguir leyendo otras cien o doscientas más sin aborrecer, ni mucho menos, la historia. 
Considerada de culto, tal vez, porque es una buena obra que atrae a un público pequeño, el punto característico de Battle Royale es la sangre. Sinceramente, me parece un experimento grandioso (terrible pero grandioso) el encierro de una serie de adolescentes relacionados entre sí con el objetivo de acabar con sus vidas. Tienes 15 años y te ves en la necesidad de sobrevivir sí o sí, para lo cual deberás terminar con las vidas de gente a la que sonríes todos los días, con la que hablas, quizá a tu novio o a tu primo… ¿Cómo actuarías tú si te vieras en semejante situación? ¿Rebelión frente al poder autoritario, como nos muestra Suzanne Collins en Los Juegos del Hambre? ¿O mero afán de superviviencia? Creo que Takami plantea un asunto interesante, un asunto que navega por la mentalidad humana y sus reacciones al peligro, algo que queda empañado (o bañado) en sangre. 
Vemos como amigos íntimos desconfían unos de otros y se disparan por la espalda, vemos traiciones, vemos nerviosismo y arrepentimiento. Pero también hay personajes que se muestran tal y como son, sin estar al abrigo de las relaciones sociales y lo que, básicamente, sería el qué dirán. Crudeza sí, pero no hay violencia porque se haya desatado en los personajes un repentino deseo de asesinr, sino porque en determinada situación, con determinada presión, unas personas deciden desfogarse de cierta manera. Un estudio, repito, interesante. 
 
 
Desde luego, me causa una inmensa tristeza pensar en los miles y decenas de miles de jóvenes que perderán sus vidas a la tierna edad de quince años. Pero si sus vidas servirán para proteger la independencia de nuestro pueblo, ¿no tenemos derecho a exigir que su carne y su sangre se derrame y se mezcle con nuestra hermosa tierra, que heredamos de nuestros dioses, para que vivan por toda la eternidad?
Sin embargo, volviendo al tema de la violencia, de lo gore, es cierto que en este libro es lo que prima. No se escatima en baños de sangre, en venganzas y en descripciones detalladas de la acción. Desagradable para unos, estimulante para otros… A mí me ha resultado entretenido. ¿Es bonito que te comenten al dedillo cómo una chica le destroza los ojos a un chico, mientras trata de liberarse de él? ¿Es agradable saber cómo se siente excavar en las cuencas viscosas? ¿Es agradable leer cómo se culmina la jugada con un picahielo clavado en la garganta del chico? No creo que alguien que haya disfrutado de esta lectura se haya recreado en estos pasajes, pero el autor nos lo ha contado tal y cómo sucede. Sin heroísmos, con el asco y el dolor que sufren las partes implicadas, y con todos los aspectos que intervienen. 
Es eso lo que destaca en esta obra: el realismo. Los personajes no son héroes, no son demonios ni son dioses. Shuya Nanahara es un as con la guitarra, tocando rock prohibido, y es buen deportista, pero a veces es superficial y torpe. Gentil, sí, pero con poca maña para sobrevivir en la isla. Shogo, otro de los “grandes” personajes, es seco, cortante, fuerte pero desconfiado. Noriko es valiente, decidida, pero es débil. Y todos temen, de una u otra manera. Son, a fin de cuentas, mortales con sentimientos y deseos de regresar a casa sanos y salvos; no van a entregar su vida para salvar a otro, cuando todos quieren conseguir lo mismo.
Y esto de que los personajes son imperfectos, realistas, queda perfectamente patente en uno de los pasajes más crudos, más duros de toda la obra.  [Spoiler] Un grupo de chicas, resguardadas en un faro, han rescatado a Shuya herido y le han proporcionado cobijo y medicinas para mejorar. No obstante, hay una gran tensión entre las amigas, que temen que Shuya las ataque. Discuten, un mal plan deriva en una muerte equivocada, que, a su vez, termina en un tiroteo. De seis o siete sobrevive una, que acaba por suicidarse. Cuando Shuya abandona el faro hay siete rivales menos que se han asesinado entre sí absurdamente.  [Fin del Spoiler]
Así pues, Battle Royale no es un libro cualquiera. Comparte un régimen totalitario con La Larga Marcha, comparte una lucha por supervivencia y un premio bastante bueno para el ganador. Se explaya bien a la hora de enmarcarlo en tiempo y espacio, y ofrece una historia factible que culmina con un final de infarto, quizá previsible, pero que es el cierro perfecto para semejante obra. Todo esto me lleva a recomendárosla encarecidamente. No pensé que fuera a engancharme tanto a este libro, pero se ha subido a mis favoritos  desde las 100 primeras páginas. Id a por ella sin prejuicios, olvidándoos de la trilogía de Suzanne Collins, porque os gustará y os hará pensar y pasar un rato muy bueno entre las páginas.
 
 
 
Y, ahora, viendo que he resistido a hacer las crueles comparaciones entre Battle Royale y Los juegos del Hambre durante la reseña… ¡Vamos a por la carnaza!
Es inevitable no ver las similitudes entre ambos libros (siempre me he estado refiriendo al primer libro de la saga de Collins. Los otros dos no están relacionados con lo que voy a comentar), desde el aislamiento de un grupo de jóvenes en un lugar desconocido, pasando por el sistema de gobierno o los pajarillos. El libro de Takami es más sangriento, sí, y tiene una base más política e ideológica, pero no hay un deseo de rebelión. No heroísmos como los de Katniss y Peeta. Tampoco hay amor. Battle Royale promete lucha y es lo que ofrece; no se pierde en tramas paralelas que puedan distraer al lector de la cuenta atrás. Así que sí, yo he visto muchas cosas en común. No se me ocurriría tachar la obra de Collins de plagio, aunque es cierto que lo principal del primer libro es una versión rebajada y endulzada de esta obra nipona. Lo que más me sorprendió (y lo que menos se menciona en otros blogs y en otras reseñas o comparaciones entre estos libros) es el origen del Sinsajo. Sabréis que es ese pajarillo, cuyo sonido emplean en LJDH para comunicarse los participantes. Pues sí, también nace en esta obra, pues es empleado su canto para enviar una señal entre los protagonistas y un amigo reencontrado. 
Habiendo leído LJDH antes, y conociendo el percal, me ha ¿molestado? especialmente lo del sinsajo. Es absurdo, lo sé, pero me parece que algo tan característico en la obra pierde mérito al saber que está inspirado (por no decir calcado) de una acción idéntica de una obra anterior. 
Sin embargo, no quiero desmerecer a Los juegos del Hambre que en su momento me gustó mucho, pese a que ahora mi opinión ha cambiado notablemente. Pero, para no liar más la perdiz, cierro esta reseña enorme con una imagen que viene a resumir la relación entre ambas obras. 
 
¡Espero que os haya gustado la reseña! 
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Reseña: Play #1, de Javier Ruescas

Toca volver a la carga con las reseñas después de este parón por culpa de exámenes. Pese a que hubiera podido compartir con vosotros algún post, mi ordenador decidió tomarse un suspiro y acaba de llegar del servicio técnico; así que he tenido que apañarme con un ladrillo que tarda media hora en encender y otra media en abrir el explorador 😦 Pero bueno, ¡ya estoy de vuelta! Y, ahora que llega el verano, espero ponerme al día y publicar las reseñas pendientes y mis opiniones de un montón de películas y series ^^

Nadie diría que Leo y Aarón son hermanos. El primero es presumido y ambicioso; el segundo, tímido y reservado. Pero ambos desean algo. Mientas Leo sueña con hacerse famoso a toda costa, Aarón no deja de pensar en cómo puede recuperar a su novia, quien, tras ganar un concurso y convertirse en una estrella mundial, se ha vuelto inaccesible. Un día, husmeando en el ordenador, de su hermano, Leo descubre que Aarón tiene un talento desbordante para la música, y que ha compuesto y grabado varios temas que no tienen nada que envidiar a los hits más populares del momento. Sin meditar las consecuencias, Leo decide darlos a conocer por internet, y muy pronto el fenómeno Play Serafín – el nombre que le ha puesto al canal de YouTube- estalla por toda la red…


Javier Ruescas llegó a nuestras vidas con este libro, Play. Novela juvenil, fresca y que se ha convertido en todo un fenómeno editorial en España y países hispanohablantes, además de haber sido traducida a idiomas varios. Pese a que llevo un tiempo medio desconectada de la novela juvenil, esta obra española me llamaba la atención, así que me hice con ella. Después de tenerla cogiendo polvo en la estantería durante tres o cuatro meses, decidí leerla. 

Antes de pasar a desgranar mis impresiones, voy a comentaros algo que siempre me pasa cuando o bien leo ciencia ficción española, o bien cuando leo sobre asuntos adolescentes made in Spain. Acostumbrados como estamos a que los países anglosajones copen tanto cine como literatura (o, al menos, la literatura que resuena a bombo y platillo por todos lados), a mí se me hace extraño descubrir, por ejemplo, una novela de magia donde el protagonista se llame Pedro y se apellide López, o una historia de instituto en la que la pobre chica marginada sea Nerea Núñez. Y, mal que me pese, me cuesta mucho más meterme dentro de la trama, conectar con los personajes, si los ubico en un lugar que conozco y si son, más o menos, de la forma que uno espera y ha conocido. Porque sabemos que en EEUU hay taquillas, un baile de fin de curso, equipo de baloncesto, de béisbol, de hockey… Con sus cheerleaders revoloteando por aquí y por allá; mientras que a los personajes de estas novelas sitiadas en España no puedes hacerles guardar sus libros en una taquilla con la misma asiduidad, ni volverse locos por la pareja del baile, ni pelearse por quien es la jefa de las animadoras. Y, lamentablemente, lo que se tiende a hacer (generalizando, por supuesto) es cambiar Miles Green por Andrés Tomé y dejar el resto parecido, cuando las cosas no deberían ser así, ni mucho menos. 

 

Y bien, ¿a qué venía este párrafo tan… moralizador? Pues, obviamente, lo que he leído de juvenil ha sido americano o británico, grosso modo, y probar algo nacido de una pluma nacional me producía tanta curiosidad como recelo.  

Creo que el autor capea el temporal con bastante maña, para ser sincera. Aarón y Leo, Leo y Aarón. Dos protagonistas unido por su consanguinidad y separados entre ellos por un abismo. Partiendo de una relación fraternal complicada, con un chaval tímido en los 17 y un vividor ya por los 20, Play nos presenta una serie de situaciones que rayan lo surrealista, pero que se acoplan bien entre ellas y nos regalan un resultado BIEN. Me remito a la sinopsis para comentar vagamente el argumento. 

Nadie diría que Leo y Aarón son hermanos. El primero es presumido y ambicioso; el segundo, tímido y reservado. Pero ambos desean algo. Mientas Leo sueña con hacerse famoso a toda costa, Aarón no deja de pensar en cómo puede recuperar a su novia, quien, tras ganar un concurso y convertirse en una estrella mundial, se ha vuelto inaccesible. Un día, husmeando en el ordenador, de su hermano, Leo descubre que Aarón tiene un talento desbordante para la música, y que ha compuesto y grabado varios temas que no tienen nada que envidiar a los hits más populares del momento. Sin meditar las consecuencias, Leo decide darlos a conocer por internet, y muy pronto el fenómeno Play Serafín estalla por toda la red…

 

Desde la contraportada vemos cómo va a ser la historia, y no lo hace en esta sinopsis, si no en una oración que las introduce. El amor es la meta… La fama, su único camino. 

La pluma de Ruescas es normalilla, ágil, pero nada más. Prosa sencilla, que se devora, sí, siguiendo bien los puntos comunes del género, con un léxico común que, de vez en cuando, decide refrescarse introduciendo un palabro que no concuerda demasiado con el ritmo e impresión que yo creo se pretende lograr. Aún así, esta lectura de enunciados breves, pausas bien marcadas y capítulos perfectamente cortados en el momento clave, sabe muy bien lo que se trae entre manos. 
De la trama podría mencionar muchas cosas, positivas y de naturaleza dudosa. Positivo es el desarrollo central de la obra, que pasa de un principio lento, a un nudo bien estructurado y donde encontramos las emociones que debemos encontrar. Positivo, también, es el modo en que vamos conociendo a ambos hermanos, cómo conectamos con uno o con otro y queremos pasar capítulo tras capítulo para no perderle de vista. Positiva, de nuevo, es esa división en capítulos cortos, narrados en 1ª persona tanto por Aarón como por Leo alternativamente. En la parte de naturaleza dudosa yo incluiría las continuas referencias a: 1) canciones, 2) películas, 3) libros, 4) internet…; o que tengamos, por ejemplo, personajes bastante estereotipados, porque los hermanos no presentan rasgos demasiado innovadores, aunque trate de dársenos una imagen diferente de ellos (y, además, no se ahonda demasiado en los personajes secundarios: amigos de Aarón, padres…). En el apartado negativo solo introduzco un ítem, pero creo que es demasiado importante para el transcurso de la historia como para pasarlo por alto: Delilah. Que un chaval se lance a la aventura, dejando atrás familia y amigos y embarcándose en una travesía cuyo final es bastante incierto, para reganarse el amor de una pseudonovia que, casualmente, acaba de convertirse en una estrella mundial es bastante… Bastante… Bastante ¿incomprensible? ¿Irrisorio? ¿Surrealista? ¿Hiperrealista? ¿Ilógico? 
Que no digo que no sea una buena idea, pero, mirándolo objetivamente, suena descabellado que alguien de 17 años lo arriesgue todo solo para encontrar a una chica (¡Con 17 años!) con la que ni siquiera mantiene una relación estable (o una relación, ya puestos) y que, para colmo de todos los males, se ha esfumado sin molestarse en decirle palabra. Amor adolescente, dirán algunos. ¿Amor adolescente? ¿De veras? Pues mira, a mí no se me ha ocurrido jamás de los jamases coger mis ahorros, pillar un vuelo e irme a Estados Unidos para buscar a alguno de esos actorcillos que han pasado por Disney y tratar de llevármelo. 

“Nosotros marcamos nuestro destino con nuestras decisiones, y no podemos permitir que los miedos y las inseguridades nos impidan tomarlas.”

 

Pero bueno, dejando las ironías de lado, queda mencionar la parte principal que no son sino los protagonistas. Aarón es el hermano de 17 años, tímido, pasota y algo friki. Leo no es nada, pero se las da de todo. Y, con estas dos oraciones, me quedo tan ancha describiéndolos. Podría añadir más cosas, como que Leo se largó de casa habiendo sustraído los ahorros de Aarón para vivir el sueño americano, o mencionar también que Aarón es un sensibleras, o que no dejan de discutir… Pero serían, en todo caso, datos adicionales con los que os encontraréis durante la lectura.
Así a modo de cierre, os comento que el final es un tanto especial. Como dice ese fantástico refrán quien mucho abarca, poco aprieta, y creo que se ha cortado esta primera parte un poco a ciegas. Sí, se mantiene la tensión e incita a continuar leyendo, pero no deja de parecer una conclusión algo coja, acelerada, precipitada, que contrasta con el buen ritmo del resto de la obra. 

En resumen, Javier Ruescas se ha sacado de la manga una obra juvenil interesante. La música es un buen aliciente, así como lo es la relación entre hermanos y la sorprendente búsqueda del amor. Me ha parecido un libro entretenido, que se deja leer con avidez, pero tampoco creo que sea merecedor de tanta fama. Hay obras juveniles más innovadoras, con personajes más profundos (aunque reconozco que los hermanos -ya os lo mencioné más arriba- están bien construidos) y tramas infinitamente mejores. Aún así, no dejo de recomendárosla, porque, si algo tiene muy logrado, es que Play se deja querer.

 

Et voilà! Hasta aquí la reseña de hoy. ¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado el libro? ¿Habéis leído más obras del autor? 

Escuela de matones para distopías juveniles

Y un siglo después, me digno a publicar de nuevo. Lo siento mucho, pero esta vez me han consumido los exámenes. Para colmo, me he quedado sin ordenador (-.-), así que todo han sido inconvenientes para mantener el blog al día. No creáis, sin embargo, que me he olvidado de leer, ni de vosotros, ¡por supuesto que no! Ya tengo 2 entradas programas para este jueves y el martes próximo (reseñas, por fin), pero he decidido compartir con vosotros este post primero. El tema de las distopías me está trayendo un poco de cabeza desde que me leí Battle Royale hace unos días (la reseña la tendréis el martes 23), así que he decidido compartir con vosotros esta pseudoreflexión.  ¡A ver qué os parece! (Por cierto, os debo alrededor de 1 millón de comentarios y visitas, pero hasta que no tenga el ordenador no puedo si no quiero morir en el intento) 🙂
  
El maltrato de las distopías
 Imaginaos que, de repente, tenéis un hermano, una diminuta bola de pelo, mocos, babas y olores profundos que, aunque no lo parezca, va a crecer hasta convertirse en un muchachito saludable y agraciado. De ser la figura principal en el escenario pasáis a recibir la sombra del telón. Lo que hubierais sido en algún momento de vuestras vidas que eclipsado por ese mequetrefe que todo lo hace bien, que sonríe, tiene labia; sois sustituidos por el nuevo actor de la compañía, mejor parecido, mejor fachada y mejores artes.
Imaginad, entonces, que al hablar del hermano pequeño me estoy refiriendo a Los Juegos del Hambre o a Divergente; y, por tanto, que el hermano mayor sea Battle Royale, La Larga Marcha o, por qué no, Un mundo feliz o el 1984 de Orwell. ¿Os ofrece, acaso, un cambio de perspectiva?
Atacando, más a fondo, el tema que quiero tratar, os diré que he terminado por detestar las distopías. Planteamientos similares que se pierden, en el caso de la marea distópica actual, en amores teñidos por obstáculos guvernamentales o en revoluciones heroicas que le dan una vuelta de 180º al panorama político y social imperante. ¿Qué hay, sin embargo, de la mera supervivencia, de las monótonas vidas que se suceden tanto en el siglo XXI, como en cualquier territorio ficticio del futuro? ¿Es demasiado complejo dedicarse a contar algo más realista para lo que habría que crear un entramado con miles de cabos interconectados hablando de política, sociedad o historia?

Preguntadle hoy a un joven por una lectura reciente y será difícil que no mencione Los Juegos del Hambre, Divergente, Delirium, El corredor del laberinto, Mystic City, Endgame, Marca de Nacimiento, Legend, La selección, etc. Distopías juveniles, que ahondan en el amor, que extienden un marco desventurado con la intención de golpear, curar y mitificar una historia romántica que ha de superar (generalmente, por supuesto) cualquier barrera que se cruce en su triunfal camino.
A pesar de que puedan considerarse aún las distopías como una forma de protesta, qué lejos quedan de la magia de 1984, con la enorme carga política que Orwell vertió sobre el papel, o incluso de la crítica hacia la individualista y egoísta sociedad japonesa que se nos muestra en la sangrienta Battle Royale. Dirigidas como están a un público adolescente (o no tan adolescente, aunque joven, grosso modo) parece que deben edulcorarse, que sin unos gramos de polvitos rosas de amor no va a atraer a una manada de fangirls hambrientas, que sin un final justo se va a perder la venta de miles de ejemplares.
No es ningún secreto que, por ejemplo, El Enclave de Marca de Nacimiento se pierde entre medias descripciones del Protector y su mal avenida familia, o que en Divergente (y sus secuelas) la trama busca dar el golpe de efecto mientras gatea entre causas fuertes y chocantes; o que, en Los Juegos del Hambre, el Capitolio y su castigo al país no tienen una base histórica demasiado explicada.
Decidme, si no, cuánto conocemos del Capitolio, cuánto conocemos de su funcionamiento, de sus rencillas internas, de sus preocupaciones. Qué sabemos de cómo la figura de Snow se pudrió de tal manera. Decidme por qué, antes de la maravilla salvadora de Katniss y Peeta, en esos Estados Unidos postapocalípticos no había suficiente descontente, suficiente resquemor y deseo de venganza como para plantear una revolución de 12 distritos, superiores en población y fuerza, contra 1. Decidme por qué la chispa surgió de una ñoñería semejante, semiorquestada, para colmo de males, desde el propio Capitolio.  
 
Vuelta a lo mismo, ¿no? ¿Qué consigue más ventas o un público más llamativo, una lucha heroica, limpia y ejemplificante, o una batalla cruenta, dura y realista? Ah, sí, no hay color.
Quizás es eso lo que me repatea al escuchar hablar de las distopías del momento, de esas grandes innovadoras que en realidad beben  de la fuente de clásicos olvidados o apartados. 
Para muestra, un botón: han lanzado en España no hace demasiado (bajo la firma Booket) Battle Royale, que promocionan y venden como “el clásico de culto que inspiro Los Juegos del Hambre”. Si no se hace esa referencia a LJDH, se perdería mucho público, porque, aunque el libro gozó de fama mundial a principios de los 2000 (y la conserva en Japón, eso sí), su título ha quedado oculto bajo las montañas de novedades de los últimos años. Aquí en España está reganándose un renombre gracias a eso, porque da morbo comparar, ¿no?
Y, lo curioso, es que, muchos de los que lo leen, lo hacen exactamente para eso: para poner verde a uno u otro, dependiendo del amor hacia las mareas juveniles o hacia la literatura no tan mainstream. Hablarán de las similitudes de la batalla, de las normas, de la represión del gobierno, de las comunicaciones aéreas, de los trinos del pajarraco en cuestión… Con lo injustas que son las comparaciones.
Hipocresía, desconocimiento, ceguera voluntaria… Interminable la lista de términos que no dicen más que lo mismo. Leemos arrastrados por la corriente, pero nos perdemos las buenas vistas de las orillas. No buscamos descubrir tesoros ocultos, ni buceamos para rescatar historias naufragadas. Y, curiosa y desgraciadamente, en el mundo de la literatura lo más placentero es abandonar lo conocido y perderse en obras sin nombre ni autor de oro para encontrar, tal vez, la Atlántida que durante tanto tiempo ha permanecido en las tinieblas.