Escuela de matones para distopías juveniles

Y un siglo después, me digno a publicar de nuevo. Lo siento mucho, pero esta vez me han consumido los exámenes. Para colmo, me he quedado sin ordenador (-.-), así que todo han sido inconvenientes para mantener el blog al día. No creáis, sin embargo, que me he olvidado de leer, ni de vosotros, ¡por supuesto que no! Ya tengo 2 entradas programas para este jueves y el martes próximo (reseñas, por fin), pero he decidido compartir con vosotros este post primero. El tema de las distopías me está trayendo un poco de cabeza desde que me leí Battle Royale hace unos días (la reseña la tendréis el martes 23), así que he decidido compartir con vosotros esta pseudoreflexión.  ¡A ver qué os parece! (Por cierto, os debo alrededor de 1 millón de comentarios y visitas, pero hasta que no tenga el ordenador no puedo si no quiero morir en el intento) 🙂
  
El maltrato de las distopías
 Imaginaos que, de repente, tenéis un hermano, una diminuta bola de pelo, mocos, babas y olores profundos que, aunque no lo parezca, va a crecer hasta convertirse en un muchachito saludable y agraciado. De ser la figura principal en el escenario pasáis a recibir la sombra del telón. Lo que hubierais sido en algún momento de vuestras vidas que eclipsado por ese mequetrefe que todo lo hace bien, que sonríe, tiene labia; sois sustituidos por el nuevo actor de la compañía, mejor parecido, mejor fachada y mejores artes.
Imaginad, entonces, que al hablar del hermano pequeño me estoy refiriendo a Los Juegos del Hambre o a Divergente; y, por tanto, que el hermano mayor sea Battle Royale, La Larga Marcha o, por qué no, Un mundo feliz o el 1984 de Orwell. ¿Os ofrece, acaso, un cambio de perspectiva?
Atacando, más a fondo, el tema que quiero tratar, os diré que he terminado por detestar las distopías. Planteamientos similares que se pierden, en el caso de la marea distópica actual, en amores teñidos por obstáculos guvernamentales o en revoluciones heroicas que le dan una vuelta de 180º al panorama político y social imperante. ¿Qué hay, sin embargo, de la mera supervivencia, de las monótonas vidas que se suceden tanto en el siglo XXI, como en cualquier territorio ficticio del futuro? ¿Es demasiado complejo dedicarse a contar algo más realista para lo que habría que crear un entramado con miles de cabos interconectados hablando de política, sociedad o historia?

Preguntadle hoy a un joven por una lectura reciente y será difícil que no mencione Los Juegos del Hambre, Divergente, Delirium, El corredor del laberinto, Mystic City, Endgame, Marca de Nacimiento, Legend, La selección, etc. Distopías juveniles, que ahondan en el amor, que extienden un marco desventurado con la intención de golpear, curar y mitificar una historia romántica que ha de superar (generalmente, por supuesto) cualquier barrera que se cruce en su triunfal camino.
A pesar de que puedan considerarse aún las distopías como una forma de protesta, qué lejos quedan de la magia de 1984, con la enorme carga política que Orwell vertió sobre el papel, o incluso de la crítica hacia la individualista y egoísta sociedad japonesa que se nos muestra en la sangrienta Battle Royale. Dirigidas como están a un público adolescente (o no tan adolescente, aunque joven, grosso modo) parece que deben edulcorarse, que sin unos gramos de polvitos rosas de amor no va a atraer a una manada de fangirls hambrientas, que sin un final justo se va a perder la venta de miles de ejemplares.
No es ningún secreto que, por ejemplo, El Enclave de Marca de Nacimiento se pierde entre medias descripciones del Protector y su mal avenida familia, o que en Divergente (y sus secuelas) la trama busca dar el golpe de efecto mientras gatea entre causas fuertes y chocantes; o que, en Los Juegos del Hambre, el Capitolio y su castigo al país no tienen una base histórica demasiado explicada.
Decidme, si no, cuánto conocemos del Capitolio, cuánto conocemos de su funcionamiento, de sus rencillas internas, de sus preocupaciones. Qué sabemos de cómo la figura de Snow se pudrió de tal manera. Decidme por qué, antes de la maravilla salvadora de Katniss y Peeta, en esos Estados Unidos postapocalípticos no había suficiente descontente, suficiente resquemor y deseo de venganza como para plantear una revolución de 12 distritos, superiores en población y fuerza, contra 1. Decidme por qué la chispa surgió de una ñoñería semejante, semiorquestada, para colmo de males, desde el propio Capitolio.  
 
Vuelta a lo mismo, ¿no? ¿Qué consigue más ventas o un público más llamativo, una lucha heroica, limpia y ejemplificante, o una batalla cruenta, dura y realista? Ah, sí, no hay color.
Quizás es eso lo que me repatea al escuchar hablar de las distopías del momento, de esas grandes innovadoras que en realidad beben  de la fuente de clásicos olvidados o apartados. 
Para muestra, un botón: han lanzado en España no hace demasiado (bajo la firma Booket) Battle Royale, que promocionan y venden como “el clásico de culto que inspiro Los Juegos del Hambre”. Si no se hace esa referencia a LJDH, se perdería mucho público, porque, aunque el libro gozó de fama mundial a principios de los 2000 (y la conserva en Japón, eso sí), su título ha quedado oculto bajo las montañas de novedades de los últimos años. Aquí en España está reganándose un renombre gracias a eso, porque da morbo comparar, ¿no?
Y, lo curioso, es que, muchos de los que lo leen, lo hacen exactamente para eso: para poner verde a uno u otro, dependiendo del amor hacia las mareas juveniles o hacia la literatura no tan mainstream. Hablarán de las similitudes de la batalla, de las normas, de la represión del gobierno, de las comunicaciones aéreas, de los trinos del pajarraco en cuestión… Con lo injustas que son las comparaciones.
Hipocresía, desconocimiento, ceguera voluntaria… Interminable la lista de términos que no dicen más que lo mismo. Leemos arrastrados por la corriente, pero nos perdemos las buenas vistas de las orillas. No buscamos descubrir tesoros ocultos, ni buceamos para rescatar historias naufragadas. Y, curiosa y desgraciadamente, en el mundo de la literatura lo más placentero es abandonar lo conocido y perderse en obras sin nombre ni autor de oro para encontrar, tal vez, la Atlántida que durante tanto tiempo ha permanecido en las tinieblas.
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6 comentarios en “Escuela de matones para distopías juveniles

  1. Hola! Yo la verdad es que pienso que hay libro buenos de ahora y de antes y libros malos de ahora y de antes. Pienso que es cuestión de gustos, algo que a mi me ha encantado a ti te puede parecer horroroso y viceversa. Ante todo respeto.

    Me ha gustado tu reflexión.

    Espero que hayan ido bien los exámenes! Un saludo!

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  2. Hola! La verdad es que sí que ahora se han explotado demasiado las distopías, pero a mí me siguen gustando. Nuevas o antiguas, me dan igual. Eso sí, antes sí que me dejaba llevar más por modas, pero ahora me encanta leer cosas desconocidas que se leen poco e incluso libros descatalogados xD He encontrado historias fantásticas en aquellos libros que nadie compraba o que quedaron abandonados en bibliotecas.

    Por cierto, muchas gracias por los títulos, había algunas que no había leído y me he animado:3

    Me ha encantado la reflexión ^.^ Besos y a ver si se te arregla el ordenador!!

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  3. Me ha gustado mucho la entrada, porque estoy de acuerdo, y cada vez más… me gusta leer trilogía, pero esta moda de distopías que no son distopías (porque son todas muy fáciles de derrocar, vaya), pues me satura. Las primeras tal vez tuvieran su gracia, pero ya cansa bastante.

    Prefiero las distopías hechas y derechas, 1984 y El cuento de la criada son mis favoritas… esta última la he visto en tu entrada entre otras que no están para nada a la altura, y a mí me encantó, está realmente bien escrita.

    El caso es que yo no creo que lea más de éstas, resultan muy cansinas.

    Besooss!!

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  4. Hola Chincla 🙂 Estoy de acuerdo en que abundan libros de distopías.
    Peeeero eso no quiere decir que no me gusten. A decir verdad, me encantan. Encontrarse nuevos mundos y simplemente pasar un buen rato leyendo, al menos es mi finalidad al leer. Si el libro está bien escrito, tiene una buena trama y personajes, ¡genial!
    El año pasado estuve bastante saturada de tanta distopía, por lo que decidí dejarlas y ahora me han vuelto a encantar.
    Me encanta la creatividad de los autores, al crear un posible futuro para la humanidad y mostrarnos todo lo que hacemos mal; las consecuencias que podrían haber. Y a decir verdad, no creo que ese futuro esté demasiado lejos…
    La entrada me ha gustado mucho y también ha sido interesante saber tu punto de vista!!

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  5. Bueno, Chincla, tiempo sin publicar pero veo que vuelves llena de profundas reflexiones. Sí, chica, el dinero mueve el mundo y las editoriales no se libran de ello. Es lógico desde su punto de vista -la lógica del dinero, claro es- que para vender un libro como Battle Royale, echen mano del éxito en papel y celuloide de LJDH; así es la vida. Lo bueno es que nosotros lo sabemos y no nos debemos dejar engañar por ello, ¿no?
    Totalmente de acuerdo contigo de que las distopías, llamémoslas “clásicas”, como “1984” o “Un mundo feliz” son más profundas y presentan un fondo ideológico de más peso. Pero cada tiempo tiene sus afanes y ahora, esto es bastante cierto, se obvia al público lector -adolescente en su mayoría- lo traumático y/o 'pesado' (todo lo que no sea acción se considera así) focalizando las historias distópicas en el amor.
    Un abrazo, querida amiga

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  6. Una reflexión muy interesante. La verdad es que las distopías juveniles siguen patrones muy similares, y en esa imagen está todo ejemplificado super bien. Por eso siempre he dicho que, una vez lees una, las has leído todas, o al menos esa fue mi sensación después de leer LJDH, Divergente y Puro (de estas dos últimas solo he leído el primer libro).
    Tengo muy pendiente 1984 ^^

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