Reseña: Una fuente junto al camino, de Susana R. Miguélez

 

Cuando Irina llega al pueblo sola, vencida y sin esperanza, no imagina que se va a ver envuelta en la aventura de su vida. En ese lugar los paisajes y los muros esconden mucho más de lo que parece, y los secretos de siglos aún laten esperando a que alguien los saque a la luz. Un muchacho desesperado y lleno de problemas, un niño en blanco y negro, una antigua promesa aún incumplida y un gato callejero van echando abajo los prejuicios de alguien que pensaba que todo estaba perdido, demostrándole que, para empezar de nuevo, solamente hace falta pararse a admirar una fuente junto a un camino.
A menudo son las historias que, a priori, pasan más desapercibidas para el público general las que marcan, emocionan o descolocan al individuo. En esta obra breve no he encontrado más que sentimiento, mimo y mucha dedicación. Y cada vez parece más complicado hallar semejantes ingredientes bien cocinados en una receta poco popular.
 

Al leer la sinopsis pensé en algo melancólico, triste, pero nada más lejos de la realidad. Entre estas 160 páginas hay mucho, muchísimo más. Susana R Miguélez crea una trama sencilla, con los caminos necesarios confluyendo en el lugar y el momento exactos. Y Una fuente junto al camino llega al lector, porque es una obra que se ha llevado un trozo enorme de la autora; eso es algo que se aprecia, se agradece y que agranda el potencial del libro.

Debo decir que me han encantado los personajes, tan reales como complejos, desbordantes de vida y problemas; me ha enamorado la localización y, sobre todo, me ha ganado la prosa.

En la última reseña que subí antes del parón estival, la de la última novela de Laura Norton, Gente que viene y bah, hice especial hincapié en la prosa, en la naturalidad con que se desarrolla la narración en primera persona de la protagonista, la facilidad con que invita a empatizar… En esta ocasión la experiencia ha sido diferente, pero viene a radicar en lo mismo: en empatizar. Las primeras personas en la literatura cada vez son más recurrentes, porque permiten que nos fundamos con el personaje y vivamos su historia al cien por cien. Su historia, tapándonos los ojos a lo demás, sabiendo lo que él sabe, cuándo y cómo él lo hace. Pese a todo, también es un arma de doble filo si no se emplea en las circunstancias adecuadas. Y, curiosamente, en esta novela yo no habría elegido una primera persona (claro está, yo tengo de escritora lo mismo que de rubia), pero después de ver el sentimiento que la autora consigue transmitir, la elegancia y belleza, aunque también la sencillez con que lo hace, me quito el sombrero. Aunque solo sea por su prosa, se merece que le deis una oportunidad.

 

Irina es una mujer de 42 años, sumida en una tremenda depresión desde la separación de su marido, que acepta la ayuda que una buena amiga le proporciona: pasar un tiempo en la casona de sus abuelos, situada en un pueblo pequeño lo suficientemente alejado de la ciudad como para desconectar. La historia de Irina es de superación, de tristeza pero también de una lucha incansable por salir a flote. Allí, en el pueblo, sin nadie que la conozca, puede empezar de nuevo, reinventarse, retomar aficiones abandonadas. Y será la pintura la que la conduzca a vivir una experiencia sorprendente y a darle un cambio de ciento ochenta grados a su vida.

Sinceramente, no sé muy bien qué decir de este libro. Sé que me costó empezarlo, que rumié las veinte o treinta primeras páginas durante varios días, pero después todo fue coser y cantar, dejar que los ojos vagasen libres por los renglones devorando la trama y empapándose con las vivencias narradas. También sé que me dolió terminarlo, que sentí un vacío enorme cuando llegué al último capítulo, a la última página, al último párrafo. Y también sé que no hacen falta grandes decorados, ni efectos especiales, ni actores de renombre para crear una buena película.

 

Ante todo, sí que tengo algo muy claro: el mensaje de esperanza que se nos transmite lo es todo.

 

La protagonista es Irina y es un personaje muy bien construido; quizás baila un poco al principio, pero no tardamos en conocerla, en descubrirla. Parece frágil al ser presentada, cuando nos encontramos con alguien enfermo, sumido en una depresión que nada tiene de peliculera, pero hay una evolución de carácter a lo largo de la obra, que va a coincidir con los altibajos y su lenta mejoría. Una persona normal y corriente muy bien retratada, que se relaciona con personajes normales y corrientes, en ambientes muy tradicionales y que han sido llevados al papel con acierto.

Y, para ambientes, el del pueblito donde Irina se va a vivir. Aunque no se menciona el nombre en ningún momento, la autora menciona Tuéjar en la dedicatoria. Y Tuéjar es la pequeña población del interior de  Valencia, la podéis ver en la imagen, que va a proporcionarle a Irina tanto espacio para su recuperación como la oportunidad, la suerte de participar de una experiencia un tanto peculiar.

Y, en dicha experiencia, aparece Guillermo. A decir verdad, es en Guillermo, Irina  y Álvaro en quienes reacae la acción, aunque tenemos al párroco (con el que no he congeniado demasiado bien, todo sea dicho), a Rosa y a Pablo pululando también por ahí. Pero bueno, iba a hablaros de Guillermo. Reconozco que me costó más conectar con él que con Irina, quizás por su situación, o por su carácter voluble; también, claro está, por su climacofobia y por culpa de Álvaro, pero, aún así, al final conseguí comprenderlo mejor. Y es que llega un momento en tienes que dejarte llevar, intentar no ser racional y aceptar lo que se nos cuenta, que a mí, en un primer momento, me recordó a mi no demasiado querido realismo mágico, pero que nada tiene que ver (por suerte para mí sentimiento lector), ya que se enlaza con una supuesta leyenda del lugar. Así que, siendo justos, habría que sumar a los personajes antes mencionados a Alaia y Germán, los protagonistas de la leyenda en cuestión.

Si tuviera que escoger un capítulo en especial, me quedaría con el último. No sé muy bien por qué, pero me gusta el cierre, ese final que ata cabos y finaliza una etapa. Pero, si tuviera que elegir otro sería el de Alaia y Germán. Me ha encantado su historia y cómo se van a ver entremezclados los destinos pasados y presentes en torno a esa leyenda.

Y, como veis, no he hecho más que deshacerme en halagos hacia esta obra (cosa extraña en mí), pero me ha llegado al corazón y me cuesta mucho ponerle pegas, así que, aprovechando que yo misma me marco las reglas, no voy a exponer ninguna porque no son más que nimiedades que no vienen a cuento. Irina, Guillermo, Álvaro y las escaleras me han gustado mucho, me han hecho viajar a ese pueblecito de calles empinadas, a esas antiguas casas de los moriscos, me han hecho reflexionar sobre la condición humana y, sobre todo, me han hecho disfrutar. Por eso y por muchos aspectos más, algunos de los cuales he desarrollado más arriba, confío en que disfrutéis con esta lectura si os animáis a haceros con ella.

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6 comentarios en “Reseña: Una fuente junto al camino, de Susana R. Miguélez

  1. Pues fíjate que en sí, de primeras, he dicho “no me va a gustar”, pero leyéndote me has dejado bastante asombrada! Parece que es un libro que te toca la fibra, que te hace querer a los demás, no sé como explicarlo, pero has hecho una reseña que me ha encantado, has sabido trasmitir lo mucho que te ha dejado el libro (lo dificil que es empezar a veces y lo dificil que también resutta terminarlo).

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  2. ¡Hola!
    Pues te iba a decir más o menos lo mismo que Abbey Walcott, es decir, sí que es verdad que a priori el libro no me ha llamado pero ha sido gracias a ti que me lo he apuntado en mi lista de próximas compras.
    Una reseña genial =)
    ¡Un saludo!

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  3. Agradezco enormemente tu reseña. En la blogosfera literaria se ven pocas tan bien razonadas, argumentadas y descritas. Celebro que te haya gustado y el tiempo que me has dedicado; será un placer enviarte mi próximo trabajo en cuanto esté listo para que seas uno de los “lectores cero”. ¿Me concederán ese honor? Un abrazo.

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