DÍA DEL LIBRO: El derecho a no leer

 Hacer una entrada por el día del libro es tan original como hacer recopilación de lecturas a final de año… Pero es una parada habitual en el recorrido de los blogs literarios, así que suena a sacrilegio el obviar la fecha. Porque, sí, hoy sábado, hoy 23 de abril, es el día gloricioso.
Y, además, queda claro que en este día se homenajea de todo… Salvo la matemática. Recordemos, pues, que en teoría es el aniversario (el cuadragésimo, para más inri) del óbito de William Shakeaspeare y Miguel de Cervantes. Especial hincapié en ese en teoría, ya que Cervantes falleció el 22 de abril y Shakeaspeare, el 23, sí, pero de abril según el calendario juliano, ya que si apuntamos que en buena parte de los países católicos (Francia, España, Italia…) se había adoptado ya el calendario gregoriano,  debemos situar la muerte de Shakespeare en el 3 de mayo.
Baile de fechas aparte, HOY ES EL DÍA DEL LIBRO, lo repito por si os olvidáis (teniendo en cuenta que la entrada se titula así…), y voy a postear una monografía sobre la historia de esos ladrillacos, conocidos como libros, que nos dejan la vista en las últimas y la espalda peor aún por cargar con ellos una entrada sobre la influencia de la literatura en la infancia. Tal vez visto así dé la sensación de ser algo demasiado formal y serio y aséptico, será mejor cambiar la descripción. ¿Qué tal Esos niños que, además de consumir lustros televisivos cada día, leen?

Os voy a contar un recuerdo; un recuerdo repetido, por cierto, ya que he hablado de ello antes en el blog.

Mis libros de la infancia

En tiempos de Maricastaña Hace unos cuantos años, cuando aún no necesitaba gafas ni tenía una sospechosa arruga en la frente (de fruncir el ceño para enfocar), me regalaron un libro, Las dos vidas de Jérémie. Lo considero mi primera lectura, el primer libro en condiciones que leí y el que me indujo a convertirme en la sombra de bolsillos vacíos que bailotea tras el asalto de FNAC -y  de cualquier lugar con aspecto de librería- que soy hoy.  Tal vez tuviese 6 años cuando este librito llegó a mí, o 7, no estoy segura, aunque es lo de menos. Antes, por supuesto, había leído los pequeños cuadernos que nos mandaban en párvulos y los letreros de las tiendas. (Lo que ahora no puedo hacer sin gafas. Triste, ¿verdad?).

Pero, además de eso, hubo pequeñas obras que quizás influyeron en que, tras Las dos… me convirtiera en lectora. De Lisa Mucha Prisa os hablé meses ha, pero no lo hice de una joya que no recordaba tener en mi posesión. Tengo que decir que la idea de escribir este post surgió a raíz de encontrar este libro. Un día de procrastinación extrema, en que me hallaba yo reordenando las estanterías de libros, me topé con él, El ratoncito Pérez. 

Y nunca pensé que podría emocionarme de esa manera al ver un libro. Es absurdo, pero me produjo una ternura increíble pensar en aquel momento, con 3 o 4 años, como mucho, en que lo leí por primera vez. Mayor ternura aún supuso el darme cuenta de que había fragmentos que recordaba, que se me habían quedado grabados y que, más o menos, podría reproducir en este mismo momento.
Entonces pensé en la importancia de acercarse a los libros desde que eres un renacuajo. Sí, muchas otras veces me lo había planteado, pero en esta ocasión fue distinto, fue un pensamiento sincero obre ello.
Más libros de la infancia

Parezco la abuela cebolleta (imaginaos cuando llegue a la veintena, entonces ya habrá un bastón saliendo de la pantalla en cada entrada), pero dejadme que os cuente otra historia. Veréis, yo tengo una prima, una prima peque, una prima peque que ve un libro y echa a correr (casi, casi). Digamos que se pasa el día delante de la televisión, dividiendo el tiempo entre Clan, Boing Disney Channel. Y no podéis imaginaros lo frustrante que es para mí esta situación. Le he querido dar libros de cuando era pequeña un millón de veces, pero parece que les tuviera alergia, ni aceptarlos quiso. 

Y claro, aquí surge el gran dilema que obnubila mis sentidos: ¿obligar a leer en la infancia o no leer en absoluto?
No creo que haya ningún padre que impida a sus hijos leer; es más, me imagino que será un orgullo, un alivio, una satisfacción que lea. Pero, ¿hay un impulso interno en los niños que los anime a leer? ¿Debe empujárseles a leer?  Francamente, me parece harto difícil dar respuesta a esa pregunta. 
A mí nunca se me obligó a leer, pero siempre hubo libros a mi alrededor, aunque mis padres no fuesen lectores tremendamente hambrientos. No fui una niña encerrada en casa en una salita con libros en las cuatro paredes: veía a veces la televisión, salía a jugar, pintaba… Pero, como digo, siempre había, por Navidad, por el cumpleaños un paquetito que sabías, la forma no dejaba mucho a la imaginación, era un libro. Fue algo natural. Había libros, tendía  a leerlos. Algunos me gustaban, otros los aborrecía. Había momentos en que devoraba tres seguidos, luego a lo mejor me pasaba medio año (hablo de cuando era muy peque; ahora me temo que eso no sucede) sin tocar uno. Ese fue mi caso. 
Aún más libros de mi infancia

Ahora bien, conozco a mucha gente a la que no le gusta leer, que lee lo justo y necesario, considerándolo una obligación, una manera extraña y aburrida de disponer del tiempo. Me pregunto, a veces, si les habrán obligado a leer, si las terribles lecturas obligatorias del colegio les habrán secado la mente literaria. Una cosa está muy clara: a todos no nos gustan las mismas cosas. A mí no me gusta el fútbol, pero si no lo veo o no lo practico no es porque lo considere algo obligado; sin embargo, cuando hablo con alguien que no es amante de los libros, la conversación suele terminar en el tema de la obligación. Y me apena profundamente que, aun cuando se haga con la mejor intención del mundo, por querer forjar un lector se obtenga alguien que es totalmente reticente a abrir una novela o un poemario.

No creo que haya que meter nada por los ojos a nadie, menos a un crío pequeño. Si no es el momento, punto y final. No lo es. Si alguien no siente afecto por la música, no puedes pretender que toque un instrumento solo porque a ti te habría gustado. (Recordemos la fuente  de sabiduría popular más universal del mundo: Los Simpsons. Seguro que habéis visto ese episodio en que Lisa comienza a hacer ballet porque era el sueño de niñez/adolescencia de Marge. Solo un apunte: Lisa termina fumando o, más bien, persiguiendo a gente con cigarrillos para aliviar su ansiedad. Ahí lo dejo). Obviamente, puedes sugerir, quizás animar, hacer probar… Pero cuando algo se convierte en deber, en obligación, todo esfuerzo habrá sido en vano.
Que la niñez es la etapa en que se establecen los gustos, en que comienza a labrarse la personalidad de una persona no es ningún misterio. Pero no es el único momento, ni el definitivo. Así que, no creo que haya que amargar a los niños con los libros. Si no, pensad en el último ejemplo que os pongo: de una cosa terriblemente mala, lamentable, horrorosa, patética podemos obtener un resultado grandioso. ¡Por supuesto que me refiero a eso que estáis pensando! AFTER. ¿Cuántas chicas (y chicos también, aunque por el tipo de libro suelen ser ellas las implicadas en general) han comenzado a leer, han sentido afición por la lectura tras toparse con ese libro abominable? Miles. No pocos miles, que se dice pronto.
Así que no todo está perdido.

Hoy, en el día del libro, una entusiasta lectora reivindica el derecho a negarse a leer, el derecho a no querer ver los libros como un arma de tortura, el derecho a encontrar EL LIBRO que te convierte en lector a los veinte, a los treinta, a los sesenta. O no encontrarlo. Hoy, en el día del libro, que los libros son libros aunque nadie los lea, quiero quitarnos caspa a los literatos amateur. Leer está bien, culturiza, hace que conozcamos nuevos horizontes, que descubramos la Historia sin empollar, que descubramos las Matemáticas sin sufrir, que volemos aun sin tener alas… Pero cuando todo lo anterior no lo obtienes porque es algo que deseas, algo con lo que disfrutas, no merece la pena martirizarse.

Feliz día del libro a todos. Y, si no os gusta leer, desde Alemania os digo, ¡feliz día de la cerveza!

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