Los poderosos lo quieren todo, José Mª Guelbenzu

“Hermógenes Arbusto, asesor fiscal y exitoso hombre de todo tipo de negocios, ve un día entrar a la muerte en su despacho, y, reaccionando con celeridad, logra esquivar el golpe de la guadaña, se abalanza hacia la puerta, sale a toda prisa y cierra con doble llave, dejando encerrada a la parca. Al poco y mientras repone ánimos en la plaza Mayor de Madrid, llega a un pacto fáustico con el diablo, el distinguido Forcas (con permiso de viaje a la Tierra), a quien vende su alma a fin de librarse, al menos temporalmente, de volver a encontrarse con la Fría Dama. Entre tanto, Tomás Beovide, poeta y profesor de Literatura en el Instituto de Enseñanza Secundaria Juan García Hortelano, corrige exámenes, se lamenta por el abandono de su novia, se duele feliz por el descalabrado encuentro de amor con Maribel Arbusto y se consuela oyendo con goce las sufridas canciones de amor de su admirada Julie London. Y no seguimos contando porque todo lo que sigue es puro disparate, un inverosímil narrativo donde un sinsentido alocado y pertinaz construye su propia lógica hasta sacar de quicio cualquier expectativa o argumento razonable.”

Gracias a la editorial por el envío del ejemplar

Partiendo con el cuadro Eclipse de Sol, de George Grosz, como imagen de portada, Los poderosos lo quieren todo parece querer autodefinirse mejor, incluso, que en la sorprendente sinopsis. Esta novela de José Mª Guelbenzu es un tanto disparatada, hilarante a veces, exasperante otras; pero, sobre todo, irónica a la hora de darle un golpe de efecto a la realidad, deformarla hasta convertirla en una caricatura de sí misma y, sin embargo, no alejarse de una estampa perfectamente reconocible.

Obviamente, es pura ficción. Cómo, si no, podría aparecerse La Muerte en el despacho del exitoso Hermógenes Arbusto y tendría este que huir, acabar haciendo un pacto con un diablo que está tomando algo en una terraza en Madrid, y condicionar la vida de su mujer y de sus dos hijas.
El Forcas “original” es un Presidente
 del Infierno no muy agraciado. En
la novela es un Don Juan con
mucho sex appeal.

Y, de buenas a primeras, esto no parece tener demasiado sentido. Es complicado cogerle el ritmo a la lectura, ya que hay que intentar olvidarse de todo lo que se supone normal y aceptar que la ficción es la que domina, que hay en literatura otras reglas de guían la lectura y, por tanto, al lector. Las primeras cien páginas fueron duras, incomprensibles, absurdas, si se quiere. Pero logré sumergirme, finalmente, y las doscientas restantes fueron francamente divertidas. El halo de escepticismo no desapareció en mí, pero se suavizó, y pude disfrutar de la novela y de lo que plantea.

Personajes tales como el ya mencionado Hermógenes Arbusto, su mujer Ilustra, las hijas de ambos, Maribel y Verónica, Tomás Beovide y su amigo, Gregorio, Forcas etc.,  colman  las páginas de este libro. Y la trama, en realidad, es sencilla. Os comentaba antes la visita que realiza La Muerte a Hermógenes y el pacto que él acaba haciendo con Forcas, un diablo mayor.

Un sorprendente pacto para salvar el pellejo y retrasar su muerte que implica dejar a su hija Maribel en coma. Maribel, la misma que había protagonizado un par de encuentros desafortunados con el pobre Tomás Beovide, profesor de Literatura en un instituto y miembro del Círculo Gongorino, grupo de escritores y poetas que se reunen en un café comandados por don Fernando. Al más puro estilo caballeresco, Beovide, profundamente enamorado de Maribel, se propondrá rescatarla de su maltrecha situación, lo que termina por provocar más caos, por así decirlo, en su entorno.

Pero, independientemente de este acto de galán enamorado, lo que impregna la novela es la sátira. Sobre la sociedad, sobre la política, sobre la corrupción, tejemanejes de altos cargos, incluso sobre la religión. Sátira por todos lados, un humor de lo excesivo que me ha hecho recordar a Enrique Jardiel Poncela en, por ejemplo, Amor se escribe sin hache.

Los personajes son peculiares, entrañables a su manera -o detestables en un nivel inusitado. Beovide y su amor por Julie London, su deprimente vida y su ánimo siempre decaído. Hermógenes y sus amaños fiscales, su vida lujosa y su inmoralidad. Ilustra y su amor de madre, su entrega y lucha para recuperar a su hija. Forcas y su masculinidad pasada de moda pero terriblemente atractiva (al parecer).

Personajes a los que me gustaría añadir un extra: el narrador. Y, aunque esta figura dista mucho de participar activamente en la historia, es que el narrador tiene unas cuantas salidas de guion de lo más divertidas. La novela está dividida en varios bloques, subdivididos a su vez en capítulos no muy extensos. Entre medias, en tres o cuatro ocasiones, el narrador abandona su lugar y pasa a dirigirse al lector como si de un personaje se tratase, y comenta algunos aspectos literarios por su cuenta. Además, hacia al final, y no quiero considerarlo spoiler, ya que poco tiene que ver con la trama, el narrador anuncia que abandona, que no piensa seguir explotado y deja la obra. Una artimaña peculiar y es que se llega a decir: Termino, pues, a la buena de Dios, sin narrador.

Por otra parte, he de decir que ha habido cosas que no me han cuajado. En absoluto. Sobre todo al principio de la lectura (en realidad ya os hablé de esto al principio de la reseña), pero hoy me siento bondadosa, así que voy a dejarlas a un lado. Salvo un aspecto. Las referencias. Habrá a quien le encanten; a mí no. El encaprichamiento de Beovide con Julie London y su obra… Bueno, podría pasarse, pero hay ciertos momentos en que aparecen referencias de debajo de las piedras y ha sido bastante superior a mí.

***

De todos modos, la lectura ha partido de la rez-de-chaussée y ha llegado hasta un tercer o un cuarto piso, con buena progresión, atando cabos y tramas, sacando una sonrisa en determinados pasajes, así que ha sido bastante entretenida. Y más profunda de lo que a priori podría imaginarse.

Y hasta aquí la reseña de hoy. Espero que os haya gustado.

¡Un abrazo!

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