Nos vemos en septiembre

El verano no es la mejor época para lidiar con un blog. El mes de agosto es algo así como el infierno, así que voy a hacer un parón estas dos semanas que nos quedan y regresaré el día 1 de septiembre con entradas nuevas. 
 
De momento ya tengo dos posts programados (uno sobre Booktube, que he de actualizar atendiendo a una cierta situación reciente; y otro sobre una especie de ¿reto? de lectura que me parece bastante interesante) y confío en programar alguno más, principalmente reseñas, porque no he ido reseñando al mismo ritmo que he leído (menuda novedad, ¿eh?) y hay algunos libros que quiero compartir por aquí.
 
No tengo pensado introducir ninguna novedad a la vuelta y, de hecho, probablemente el ritmo de publicaciones, que no está siendo muy boyante este año, se vea afectado, pero eso ya lo iréis viendo, me temo, en unos meses. Lo que sí he decidido es hacer alguna que otra reseña múltiple (ya hice una hace unos meses, sobre dos obras de Moderna de Pueblo) , con opiniones más breves (no de las obras que más me hayan impactado, por supuesto), para quitarme libros de en medio cuanto antes. Agradecería que me dijeseis si os parece buena idea o si preferís mantener un menor número de reseñas, pero de mayor extensión y desarrollo.
 
A la vuelta aprovecharé para pasarme por vuestros blogs (lo hago de Pascuas a Ramos, pero intento hacer las visitas de rigor siempre y, ya sabéis, por mis blogs de referencia me dejo caer casi todas las semanas para ver qué se cuece) y ver qué tal os va.
 
Espero que estéis disfrutando del verano, tengáis o no vacaciones. ¡Nos vemos en septiembre!
Clara S
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Americanah ǀ Chimamanda Ngozi Adichie

Cuando leo un libro busco disfrutar de un buen rato, arroparme entre sus páginas, perderme en cierto modo. Americanah ha resultado ser un laberinto en el que me he dispersado, experimentando todo tipo de sensaciones a lo largo de la lectura. Incomodidad, vergüenza, simpatía, felicidad, enfado, impotencia… Todo ello sumado a un amor profundo por Chimamanda, a la que he tenido presente como un personaje más mientras leía. Creo que es por eso que me está costando tanto marcarme un esquema mental para organizar lo que quiero comentar del libro; me es harto más difícil expresar una opinión positiva que una negativa o más bien neutra.  Y este es el caso.

Esta reseña va a ser un poco
pukerainbows, pero la ocasión lo merece.

Podría empezar enumerando las bondades de Americanah, pero permitidme que os diga una cosa: Tenéis que leerlo. Porque sí. Porque realmente es una experiencia increíble. Y porque es Chimamanda. Punto.

 
Pero, más allá de este flechazo que parece cegarme, hay buenas razones para leer el libro
 
Una buena razón es haber escuchado a la autora en esta charla de TED, charla cuyo texto ha sido transcrito en el librito We Should All Be Feminists (Todos deberíamos ser feministas) y que es francamente interesante y una introducción magnífica al feminismo.  Otra buena razón es querer leer sobre la raza, sobre esa cosa endiablada llamada raza que si eres europeo y blanco te tomas a patraña populista para que las ¿minorías? suban inmeritoriamente en el escalafón social, laboral, etc. También es un motivo de peso gustar de leer historias románticas, pero nada de romances edulcorados en exceso y absolutamente imposibles. Aquí se buscan posibles lectores independientes, trotamundos e inconformistas en todos los ámbitos imaginables. Podría añadir el interés por la inmigración y la respuesta normalmente hipócrita y reticente de los lugareños, pero a lo mejor no es lo que más atraiga a la hora de ponerse a leer.
 
 
Y, cómo no, LA RAZÓN con mayúsculas, por qué no, es vivir enamorado del pelo afro, que tiene personalidad propia en este libro.

Twitter, el destornillador moderno

Quién me iba a decir hace un par de años que yo acabaría enganchada a Twitter como jamás lo había estado a ninguna otra red social. Cuando todo el mundo vaciaba los carretes de sus cámaras en Tuenti, yo me dedicaba a otras cosas, tales como dormir, comer, leer y comer (las pequeñas grandes bolas no se forjan así como así). Cuando contar tu vida en Facebook era lo más, cuando Messenger lo petaba, porque sí, porque esa es la expresión para definirlo, en ese momento yo le tenía alergia al ordenador y a internet. Recuerdo, de hecho, que las primeras veces que usé internet fue para ver videoclips de canciones (y me daba vergüenza, no sé por qué; tal vez tuviera que ver que muchos de los vídeos que veía eran de la serie Patito Feo) y para visualizar sus letras. Así que sigue pareciéndome raro ver la conexión que he logrado establecer con Twitter.

 
No creo que me haya vuelto una adicta, ni mucho menos, pero es la red social a la que más tiempo dedico y, curiosamente, en la que estoy rodeada por muy pocas personas a las que conozco físicamente. De hecho son muy pocas. Es como un oasis de desconexión (a su manera, obviamente) en medio de las interconexiones más brutales y rápidas que hay en la red.
 
Quizás sea eso, la rapidez, la anonimidad, la facilidad y el amplio abanico de personas con quien comunicar lo que me hayan acercado a Twitter, no lo niego, pero hay muchísimas cosas de las que no me habría dado cuenta de otra forma, y no estoy tan segura de querer participar de ellas.
 

No soy una persona con un don de gentes excesivo, no me gusta meterme donde no me llaman, opinar sin tener ni la más remota idea de lo que se está diciendo. Pero supongo que una parte notable de la población de Twitter es totalmente contraria a mí. Decidí escribir este post a raíz de una situación extraña que apareció en mi timeline. Una noche de finales de julio, de madrugada, más bien, un hashtag salvaje apareció: #savemarinajoyce. Habría pasado inadvertido, porque no tenía ni idea de quién era esa tal Marina, ni si era una broma, algo de Youtube, etc., pero la gente a la que sigo no dejaba de retuitear y comentar y marcarse una investigación a lo Sherlock Holmes en rigurosísimo directo sobre el tema.

Y no es que haya sido la única vez. En cada ocasión, últimamente, en que se ha producido algún tipo de atentado/tiroteo/desgracia natural en occidente, han salido los cazadores de mitos a soltar sus barrabasadas paranoicas y a liar, a preocupar innecesariamente con ideas personales y, posiblemente, absurdas e infundadas. Porque una cosa es difundir información, difundir mensajes, y otra es que se arme la gorda sin la más mínima razón.
 
Y, os prometo, no es que sea una insensible, pero el tema Marina Joyce no es que fuese demasiado de mi incumbencia, no fue algo que me mantuviese en vilo, pero al entrar al hashtag había hilos verdaderamente conspiranoicos(excusadme el palabro, pero me encanta) que contribuyeron a hacer de un grano de arena poco menos que el desierto de Gobi. Supongo que en esta era de la libre circulación de información esto no debería causar la menor impresión, pero sigue dándome respeto, en cierto modo, esa facilidad de divulgación que, para algunas cosas es una verdadera maravilla (fijaos en el reciente y frustrado golpe de Estado turco), pero también da cabida, si no se utiliza con cuidado y sentido común a malentendidos de altísimo nivel, movilizaciones sorprendentes y, tal vez, contraproducentes, y todo tipo de mitos y leyendas urbanas en relación con personajes del orden público que acaban por clausurar su ya limitada vida privada.
 
Me imagino que esto, como ocurre siempre, solo tiene una solución: el sentido común. Actuar con cabeza dentro y fuera de la red. De igual modo que, cuando ves un coche de la policía por la calle no te pones a tirarle tomates sin razón; cuando te vacile la mano en la mención a @policia, mejor que no sea para tirarle huevos virtuales o algo peor, por el mero hecho de escudarse uno tras la pantalla.
 
A fin de cuentas, creo que esa es una de las grandes bazas con que juega y enamora Twitter y, a su vez, una hoja de filo tremendamente cortante, porque invita al caos, al vertido incontrolado de todo tipo de información, de cualquier nimiedad que a lo mejor no lo es tanto, y puede acabar por trastornar a más de uno, si es que aún no lo ha hecho.