Twitter, el destornillador moderno

Quién me iba a decir hace un par de años que yo acabaría enganchada a Twitter como jamás lo había estado a ninguna otra red social. Cuando todo el mundo vaciaba los carretes de sus cámaras en Tuenti, yo me dedicaba a otras cosas, tales como dormir, comer, leer y comer (las pequeñas grandes bolas no se forjan así como así). Cuando contar tu vida en Facebook era lo más, cuando Messenger lo petaba, porque sí, porque esa es la expresión para definirlo, en ese momento yo le tenía alergia al ordenador y a internet. Recuerdo, de hecho, que las primeras veces que usé internet fue para ver videoclips de canciones (y me daba vergüenza, no sé por qué; tal vez tuviera que ver que muchos de los vídeos que veía eran de la serie Patito Feo) y para visualizar sus letras. Así que sigue pareciéndome raro ver la conexión que he logrado establecer con Twitter.

 
No creo que me haya vuelto una adicta, ni mucho menos, pero es la red social a la que más tiempo dedico y, curiosamente, en la que estoy rodeada por muy pocas personas a las que conozco físicamente. De hecho son muy pocas. Es como un oasis de desconexión (a su manera, obviamente) en medio de las interconexiones más brutales y rápidas que hay en la red.
 
Quizás sea eso, la rapidez, la anonimidad, la facilidad y el amplio abanico de personas con quien comunicar lo que me hayan acercado a Twitter, no lo niego, pero hay muchísimas cosas de las que no me habría dado cuenta de otra forma, y no estoy tan segura de querer participar de ellas.
 

No soy una persona con un don de gentes excesivo, no me gusta meterme donde no me llaman, opinar sin tener ni la más remota idea de lo que se está diciendo. Pero supongo que una parte notable de la población de Twitter es totalmente contraria a mí. Decidí escribir este post a raíz de una situación extraña que apareció en mi timeline. Una noche de finales de julio, de madrugada, más bien, un hashtag salvaje apareció: #savemarinajoyce. Habría pasado inadvertido, porque no tenía ni idea de quién era esa tal Marina, ni si era una broma, algo de Youtube, etc., pero la gente a la que sigo no dejaba de retuitear y comentar y marcarse una investigación a lo Sherlock Holmes en rigurosísimo directo sobre el tema.

Y no es que haya sido la única vez. En cada ocasión, últimamente, en que se ha producido algún tipo de atentado/tiroteo/desgracia natural en occidente, han salido los cazadores de mitos a soltar sus barrabasadas paranoicas y a liar, a preocupar innecesariamente con ideas personales y, posiblemente, absurdas e infundadas. Porque una cosa es difundir información, difundir mensajes, y otra es que se arme la gorda sin la más mínima razón.
 
Y, os prometo, no es que sea una insensible, pero el tema Marina Joyce no es que fuese demasiado de mi incumbencia, no fue algo que me mantuviese en vilo, pero al entrar al hashtag había hilos verdaderamente conspiranoicos(excusadme el palabro, pero me encanta) que contribuyeron a hacer de un grano de arena poco menos que el desierto de Gobi. Supongo que en esta era de la libre circulación de información esto no debería causar la menor impresión, pero sigue dándome respeto, en cierto modo, esa facilidad de divulgación que, para algunas cosas es una verdadera maravilla (fijaos en el reciente y frustrado golpe de Estado turco), pero también da cabida, si no se utiliza con cuidado y sentido común a malentendidos de altísimo nivel, movilizaciones sorprendentes y, tal vez, contraproducentes, y todo tipo de mitos y leyendas urbanas en relación con personajes del orden público que acaban por clausurar su ya limitada vida privada.
 
Me imagino que esto, como ocurre siempre, solo tiene una solución: el sentido común. Actuar con cabeza dentro y fuera de la red. De igual modo que, cuando ves un coche de la policía por la calle no te pones a tirarle tomates sin razón; cuando te vacile la mano en la mención a @policia, mejor que no sea para tirarle huevos virtuales o algo peor, por el mero hecho de escudarse uno tras la pantalla.
 
A fin de cuentas, creo que esa es una de las grandes bazas con que juega y enamora Twitter y, a su vez, una hoja de filo tremendamente cortante, porque invita al caos, al vertido incontrolado de todo tipo de información, de cualquier nimiedad que a lo mejor no lo es tanto, y puede acabar por trastornar a más de uno, si es que aún no lo ha hecho.
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