Dime, amor… O dulce sucedáneo

Si vais al archivo del blog y buscáis las primeras entradas publicadas (no lo hagáis, por favor, porque tal vez perdáis años de vida viendo mis inicios), os encontraréis con relatos, unos cuantos relatos. Digamos que abrí el blog en una época en que dedicaba bastante tiempo a maltratar palabras, así que colgaba algunos de mis escritos con cierta asiduidad. Sin embargo, hace más de un año y medio que no he subido ningún relato; tampoco he escrito durante este tiempo, sino que me he dedicado a leer y a reseñar para el blog y hacer entradas críticas con algún tema. Nada de ficción, como podrá verse.

Pero, ya que estamos (y que voy perdiendo la vergüenza a mostrar mis intentos de escritura en público), se me ha apetecido volver a colgar algo de este tema por aquí. En otra web sí que he colgado algún que otro relato (microrrelato, más bien), aunque ha sido más por desahogarme que por otra cosa. De esos he recuperado el que os comparto a continuación, un texto que escribí el año pasado y que, al volver a releer, me ha traído un aluvión de emociones.

Espero que os guste ^^

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Me gustaría saber contar historias, poder desgranar las penas propias y ensuciar páginas con divagaciones literariamente embellecidas. Pero no sé. Aún no he aprendido a hacerlo. Entonces me sumerjo en una canción y dejo que el ritmo repetitivo me arranque las lágrimas que, de otra forma, se niegan a abandonar mis ojos. Es muy sencillo fundirse con la música. Aún más sencillo es que el corazón anide en una melodía conocida y se acomode, dispuesto a envolverse en sí mismo y repasar lo que no fue y pudo haber sido; lo que fue y no debió haber sido.

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