Reseña: Un mundo feliz

Parece que el BOOM! de las distopías se retrotrae, despacio, eso sí, especialmente en la literatura juvenil, donde afloraron sin control alguno durante años. Distopías que, no por ser pedante, ni mucho menos, están en deuda, cómo no, con las grandes obras del género. La reseña de hoy se corresponde con Un mundo feliz, escrita por el británico Aldous Huxley y publicada en 1931.
 
Esta novela nos sitúa en el año 632 d.F., en una sociedad, a priori, utópica. El calendario, regido por ese d.F. comienza en el año 1908 de nuestra era; es decir, el año 0 d.F. es nuestro 1908. Pero, ¿qué es d.F.? Bueno, al igual que nosotros nos regimos por el supuesto nacimiento de Jesucristo, en la sociedad de Un mundo feliz se rigen por la fecha en que salió a la venta el primer modelo T. Y es que Henry Ford es considerado exactamente igual que un Dios. Y el Fordismo… Bueno, os hacéis una idea.
 
Todo el mundo que habita en el Estado Único es feliz. Completamente feliz. Se ha acabado con cualquier resquicio de tristeza, con cualquier aspecto, por minúsculo que fuera, que pudiese conducir a la desazón y los malos sentimientos. Tampoco existen las familias, hablar de padres y madres es evocar un obsceno recuerdo pasado; los niños no nacen, sino que son decantados en laboratorio, condicionados especialmente para pertenecer adecuada y eficazmente a una de las cinco castas en que se organiza la sociedad.

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