Reseña: Todas las horas mueren

Hay que ser muy valiente para lanzarse a escribir y, sobre todo, para animarse a publicar. Tal vez no todo el mundo lo vea así, pero a mí me parece un paso que requiere de un coraje inmenso. Primero te desnudas, luego te exhiben y, por último, te critican. Todos los poros de tu piel, las arrugas, los lunares, las cicatrices, el vello. No hay escondrijos, no hay forma de ocultarse.

Autopublicarse es un acto de un mérito inconmensurable. Tú te preparas el viaje, tú te montas el barco, tú evalúas las condiciones de navegación y tú manejas la nave. No todo el mundo es capaz de afrontar todo eso.Resultado de imagen de todas las horas mueren

He leído unos cuantos libros de autores autopublicados (tanto de aquellos que han recurrido a editoriales de autoedición de fiabilidad cuestionable, como de aventureros natos que se han buscado la vida por su cuenta y riesgo), tanto en digital como en físico. No han sido demasiados, pero serán más, de eso no cabe duda. Ahora bien, ha habido buenas lecturas y las ha habido nefastas, igual que ha sucedido con obras publicadas por editoriales propiamente dichas.

Todas las horas mueren, de Miriam Beizana Vigo, ocupa el escalón más alto del podio de los autopublicados que tengo en mi haber.

Si te autopublicas, te arriesgas en mil y un aspectos. Tienes cero referencias, cero público, cero difusión en redes asegurad. Tienes que ganártelo tú, y no es fácil. Pero hay autores que se lo ponen, a sí mismos, aún más complicado. Se ponen trabas. Se embarcan en proyectos imposibles que, para colmo, no gozan de buenas correcciones, ni maquetaciones, ni nada en absoluto. Y sí, lo importante es el contenido, pero si te arrancan los ojos en cada página malamente vas a poder leer nada.

Y, antes de pasar a hablar del libro, que era mi intención inicial (aunque no lo parezca), me gustaría compartir esta opinión mía sobre los autopublicados. Publica quien puede y quiere, claro está. Hay miles de libros independientes que ven la luz cada año. Muchos son lamentables, para qué vamos a engañarnos. Otros tantos son interesantes, aceptables. Algunos son buenos, francamente buenos, pero quedan opacados por la tónica general que impera, porque no se tiene paciencia para batear en los ríos y recoger el oro minúsculo.  

Yo no la tengo. A veces llega a mí un autopublicado (y novel, para completar) y lo leo. Me he ido creando una idea sobre estos libros. Está sucia la imagen de estas obras. Está muy sucia. 

Por eso leer esta novela corta, de apenas 200 páginas, llena de amor, de mimo en escritura y corrección, es como recibir un abrazo cuando crees que estás solo y nadie va a echarte un cable. No voy a decir que sea la mejor historia del mundo, porque no la es. Pero, en cuanto a novela autopublicada se merece un 10. Y eso es algo que ya tiene ganado, algo que probablemente todas las personas que lo hayan leído compartirán. Porque ya no es solo el esfuerzo de crear contenido sino de ofrecerlo en condiciones.

En cuanto a novela, dejando de lado formatos de publicación, derrocha ternura y dolor y amor y tantos sentimientos que se te encoge el corazón inevitablemente. Es una historia de corte intimista, con protagonismo femenino, que recorre las vidas de Olivia, Dorotea y Laura. Tres mujeres, dos épocas distintas, lazos comunes variopintos y secretos. Muchos secretos. 

SINOPSIS (Amazon)

El Café de Fontiña se ha convertido en el alma de una villa. Allí, las horas parecen eternizarse. Las tazas están siempre a rebosar, las estanterías plagadas de libros y en la barra lucen siempre unas flores vivas y frescas.

Tras dos décadas, la anciana dueña, Olivia Ochoa, no encuentra motivos suficientes para levantarse y seguir manteniendo la esencia de su Café. Las horas pasadas, como almas perdidas, regresan a su presente y le anuncian que su final no tardará demasiado.

Pero todavía no.

Porque Dorotea llamará a su puerta, como lo hizo Laura, como lo hacen los fantasmas. Y el tic-tac de la escritora deberá seguir sonando, porque sus horas no están resueltas a terminarse.

“Cucarachas. Cucarachas”

Olivia es una mujer ya mayor, desanimada, desesperanzada, que regenta un café, El Café, en Fontiña, una aldea perdida en algún lugar no muy alejado de Santiago de Compostela. Dorotea es una joven que huye y  a quien el destino arrastra hasta Olivia. Laura, sin embargo, es un recuerdo, una sombra que enturbia y acongoja los pensamientos de Olivia.

A lo largo de las páginas de cuatro capítulos y un epílogo, de narraciones de ubicación temporal dispar (y  no ordenadas cronológicamente), se van desentrañando las preocupaciones, los malos momentos que acechan a las protagonistas. Todo ello con una pluma cálida (¿cálida?), que te acaricia y que va haciéndose a sí misma, abandonando la impersonalidad inicial, así como el exceso que la hacían un poco artificial, para dar con la tecla adecuada. 

Es cierto que hay fragmentos y fragmentos, que hay momentos en que el narrador se aleja demasiado de la escena cuando habría podido merodear por ella y repartir sentimientos desde una postura más cercana, con más destreza y efectividad, pero la prosa es equilibrada. ¿Mejorable? Sin duda. Pero dentro de la propia novela se aprecia una evolución, por lo que es una buena, muy buena señal. De todos modos, la prosa es bonita, azota el corazón, conmueve y está en el carril idóneo para ir puliendo, limando los bordes más irregulares.

De la trama no tengo queja alguna. Podrían buscarse rendijas, resquicios de incoherencia  y precipitación  (haberlos haylos), pero cuando te roban un trozo de corazón poco te fijas en las costuras deshilachadas que restan.

En cuanto a los personajes hay mucho, mucho que decir. Olivia y sus rarezas, sus murallas, su reticencia a abrirse a los demás, su aislamiento en el pasado. Mi preferida, por supuesto; opaca, dueña de sí misma. Auténtica. Y frágil al mismo tiempo. Dorotea y el dolor y la violencia. Dorotea y su familia, si es que eso es una familia. Lágrimas. Pero esa superación, el valor para sobreponerse, sacar fuerzas de donde nadie hubiera esperado. Reinventarse. Y Laura. Ese fantasma. Tormento de Olivia. Amor, pasado, presente. Destino.

Personajes de carne y hueso. Con alma. Con profundidad. Buenos personajes y, sobre todo, entrañables. Buen trabajo ahí.

Realmente merece la pena leerlo. Merece la pena y deja con ganas de hacerse con esa Marafariña que a la que se hace referencia al principio (y de la que he leído tantas cosas buenas en la red).

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3 comentarios en “Reseña: Todas las horas mueren

  1. Que reseña tan bonita para una autora tan buena. Da mucha ilusión encontrar joyitas entre los autopublicados. Yo estoy leyendo “Marafariña” de Miriam también y la verdad es que es tiene una prosa sobrecogedora. En cuanto acabe marafariña, estoy segura que voy a leer “todas las horas mueren”.

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  2. Tengo mucho queriendo leer a Miriam, por un tiempo hemos conectado en wordpress y la opción de engancharme con una autopublicada hermana siempre es una proridad. Por otra parte, se agradece que lectores como tú se tomen el tiempo de apoyarnos a los autopublicados, que desde nuestra trinchera es muy difícil nadar a la orilla. Un abrazo.

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