Reseña ǀ Ashaverus el libidinoso

Esta reseña debería haberse publicado en noviembre del año pasado. Debería. Fue uno de los últimos envíos editoriales del 2015 y uno que me hizo especial ilusión, porque la sinopsis me atrajo mucho y el título (así como la portada) colaboró lo suyo. Pero hubo obstáculos que impidieron que todo siguiera su curso habitual, así que han tenido que pasar meses y meses para que este libro pise el blog por primera vez. 

 

ASHAVERUS EL LIBIDINOSO ǀ 379 págs ǀ 2014

 

Es la segunda vez que me leo esta novela en lo que va de año. La primera lectura se me hizo inabarcable. Quise terminarlo rápido, tras haberlo dejado abandonado un par de meses, y cometí uno de esos errores imperdonables con que un lector,  a veces puede despreciar un libro.  
 

 ✎ AQUÍ podéis ver el resto de mi opinión en Goodreads, escrita nada más finalizar la relectura del libro.

Fue tras haber tenido un tropezón con este libro que me replanteé bastante el colaborar con alguna editorial. Me enviaron este libro tras haber reseñado otro (cuya ficha tenéis por aquí y, lo reconozco, me encantó) y quise leerlo lo antes posible. Lo comencé a leer a finales de octubre y lo terminé a principios de enero, tras hacer un parón de casi dos meses porque ni era el libro ni era el momento. 

 
No exagero si digo que no lo disfruté en absoluto, que se me hizo muy cuesta arriba la lectura y bastante complicado seguir el hilo de los acontecimientos, con todos los personajes históricos implicados, así como la historia paralela que se intercala entre los capítulos principales. Le hice un feo, como quien dice, a este libro al leerlo desinteresadamente, apurando las páginas para llegar al final y poder entregarme a otra novela más atractiva. Por eso cuando vi unas notas acerca de él, en una libreta que utilizo para organizar el blog, sentí la necesidad, casi una obligación, de releerlo. Y me alegro de haberlo hecho, porque es como si hubiera tenido entre manos dos novelas completamente diferentes.
Ashaverus el libidinoso se centra en desgranar la turbulenta vida de Enrique Fuster Bonín, un judío barcelonés que retorna a su ciudad natal tras haber errado por Europa durante veinte años (1923-1943) buscando el mal en el filo de todas las tragedias en las que logró inmiscuirse como un buen observador. Regresa a la casa de su buen amigo Samuel Sefamí, a cuya familia narra sus peripecias europeas en el marco de una época bastante convulsa también para España.
 

Hay un profundo carácter histórico, si es que no merece la novela ser calificada como tal. Una historia de intrigas, que desarrolla episodios ya acaecidos con personajes reales (se pasean por las páginas todo tipo de individuos, tales como Federico Mompou, Max Aub, Franz von Papen, Ludolf “Bubi” von Alvensleben, Rafael Sánchez Mazas, Manuel Hedilla, Reinhard Heydrich o Julio Ruiz de Alda) aderezándolos con ese toque especial que la curiosidad malsana de Enrique le añade. Se desplaza la trama de Barcelona al Berlín tortuoso de los años veinte, con la crisis terrible y el auge, lento pero imparable, de grupos aún en pañales como el NSDAP. Van añadiéndose a la identidad de Enrique otras varias, que le permiten contactar con numerosos gerifaltes nazis, ya a medida que la ideas que promulgan van calando en el país. Contactos que le colocarán en la ya mentada postura de observador, de testigo esencial del desarrollo de los hechos hasta llegar a ser las barbaridades que hoy se identifican con el gobierno Hitler, las aspiraciones de la dominación aria y el consabido holocausto.

A todo ello ha de añadirse una relación directa entre la Alemania del momento (ya entrados los años treinta) y la España de preguerra, guerra y, cómo no, posguerra. Una visión sobre el terror vivido en ambos lugares… Siempre desde dentro, ya que Enrique se posiciona del lado de quienes parecen repartir el mal en abundancia: los nazis y los falangistas. De todos modos, se muestra cómo no solo encuentra que el mal está presente, sino que no está necesariamente en los individuos.

[…] él vivió todo eso buscando el mal. Y el mal estaba distribuido en las muchedumbres, en las ideologías que para arreglar el mundo lo destruyen, en el fanatismo, en el poder de los individuos. […] Ya sabe que el mal es el poder y no la lujuria.

 

Por otro lado, intercaladas entre los capítulos principales, los que narran las aventuras de Enrique tal y como él se las desvela a la familia Sefamí, aparecen unas páginas que se corresponden a un manuscrito al cual Enrique hace referencia y que entrega como obsequio a Ana, la hija mayor de Samuel Sefamí. Un manuscrito del siglo XVII que cuenta unos hechos, a camino entre la leyenda y la realidad, acaecidos supuestamente en el siglo XV. En él, el protagonista es Todros, un judío valenciano nacido en el momento de mayor persecución a los de su religión, que dedicará buena parte de su juventud a ser instruido como físico por su padre y a recibir las enseñanzas de la Torá y todo de asuntos del judaísmo, así como a mercadear con diversos productos por numerosas ciudades españolas en la época.

Una narración enmarcada, esta del manuscrito, de la que se desprende un carácter alegórico, por su semejanza con la realidad de Enrique y los Sefamí. Cuestión, esta de la semejanza, que llega a ser abordada hacia el final de la novela con un curioso pensamiento de uno de los personajes.

Podría decir que ha sido una novela bizarra, con todas las significaciones que tiene esa palabra. Es cierto que ha tenido sus más y sus menos, sus momentos de dificultad, porque cuando el autor da rienda suelta a su pluma es fácil perder el hilo de narración, tan repleta de lirismo y desbordante de calado moral, pero el contacto con la España de la posguerra, la vida de las mujeres, perfectamente encarnada su posición en la figura de Ana, ese viaje por Europa, esa persecución del mal, ese descubrimiento de las gentes… Esos son puntos positivos, muy agradables durante la lectura, independientemente de la interpretación histórica que se les quiera dar.

Y soñará durante la misa por llevar la contraria, moverá los labios, pondrá cara de circunstancias ante los monumentos velados con trapos negros. Soñará porque no basta con decir Señor, Señor, sino que es preciso aliviar el dolor de la gente y no rezos sino con actos.

 

Hablaba de una prosa cuidada, enrevesada por ocasiones, pero bella en general, a la que solo ensombrece un aspecto en el tema del estilo: los diálogos. Quizás sea esta la mayor pega que he encontrado durante la lectura, la inadecuación de las intervenciones de los personajes o, en su defecto, la presencia innecesaria de algunas conversaciones, que pecan de un infantilismo exacerbado aún cuando se comprende que esa es la perspectiva desde la que se quiere que nos acerquemos al personaje de Ana.

Como conclusión a esta reseña, me parece justo destacar el trabajo de documentación que se aprecia hay detrás de esta novela, ya que se mencionan episodios históricos cuya contextualización es la idónea y su fusión con la historia narrada no deja resquicio alguno al azar. Además,  todo lo referente al manuscrito, esa defensa que realiza Todros del adulterio mentando constantemente figuras de la religión y creencias y costumbres de la época, creo que denota una maestría digna de encomio.

Dicho esto, he de comentar, por último, el mensaje de esperanza que transmite el final del libro, conservador pero alentador, que me parece un cierre perfecto para la historia. Sería mentir innecesariamente si dijese que me sorprendió, porque no lo hizo, pero creo que fue el mejor broche posible para esta fructífera búsqueda del mal, rebosante de amor y realidad.

Quiero decir que la potencia del alma contraria a la tontería es la inteligencia y el autodominio. Que el enamoramiento es un estado de estupidez y a esta solo se la contiene sabiendo bien qué quiere uno.

 

***

Un abrazo,
 
Clara S
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