Sobre “Las chicas”, de Emma Cline

Las chicas ha sido uno de esos bums inexplicables, una novela destinada a convertirse en superventas incluso antes de su publicación (no olvidemos que Penguin Random House le pagó un adelanto de 2 millones de dólares a Cline, autora novel, por el manuscrito). Pocos meses después de su salida al mercado, Las chicas comenzó a ganar relevancia y encumbró a Emma Cline de una manera bastante sorprendente. Traducida a idiomas varios y con reediciones constantes, también en España ha tenido tirón y ha apabullado escaparates de librerías en Navidad, anunciándose como el regalo estrella. 

Ahora bien, ya se sabe que no por best seller la calidad tiene por qué ser deslumbrante. Y cuando hay tantas expectativas puestas en un libro, lo más probable es que acabe por decepcionar. 

Esta libro, de unas 350 páginas, se centra en la vida de Evie a dos tiempos: en su turbulenta adolescencia en 1969 y en su monótona adultez. Entre medias, tintes feministas, sabor absoluto a mujer (a fin de cuentas, es una obra escrita por una mujer, con protagonista femenina, chicas por doquier, etc.) y reminiscencias de la Familia Manson. Porque, sí, las chicas a las que se refiere la novela son una, por así decirlo, reinterpretación de las jóvenes involucradas en los crímenes cometidos por el clan Manson en Estados Unidos en 1969.

Emma Cline no ahonda en el asunto, simplemente se inspira en ello y deja lo más morboso en un segundo plano, puesto que lo que interesa realmente es Evie, su evolución, y las chicas. Pero, aun cuando Cline ha dicho que bien podría haber escogido cualquier otro clan o cualquier otro suceso violento en el que ambientar la historia, no cabe duda de que el tirón del caso de la Familia Manson ha sido fundamental en el éxito del libro en el mercado. En EE UU es un tema que sigue suscitando interés, algunas de las implicadas aún recorren los juzgados en vistas que se repiten frecuentemente y, en fin, es EE UU, eso sirve para justificarlo.

Hay mil cosas que me gustaría comentar de la novela, aunque es probable que sea un poco caótico, porque soy un desastre organizando ideas. 

Para empezar, os pondré en situación: hay cuatro partes. Las tres primeras constan de dos grandes bloques, uno ubicado a mediados de la década pasada (2005 calculo yo) y otro, el más extenso, que se desarrolla en el verano de 1969.  La protagonista, en ambos casos, es Evie. En 1969 es una adolescente tipo de 14 años, que vive en California. Repleta de inseguridades, descubriendo su mundo y descubriéndose a sí misma, renegando de lo conocido, buscando abrirse camino con los chicos, etc.  Su mejor amiga es una tal Connie, bastante simplona, sin demasiadas preocupaciones. Juntas pasan el tiempo, fumando porros de vez en cuando, bebiendo mientras intentan llamar la atención del hermano mayor de Connie y sus amigos. Pero (siempre hay un pero), un día Evie ve a Suzanne y se queda prendada de ella y de las demás chicas, que tan seguras de sí mismas parecen, separadas de lo demás, brillantes, bellísimas. Y, claro, todo empieza a cambiar.

Su “amistad” con Suzanne la absorberá y será el lazo que ate a Evie al rancho de Russell, un cuchitril hippie, una especie de comuna en que chicas jóvenes conviven rodeadas de niños, de basura y de drogas, al margen de la vida real. Para el morbo, el personaje de Russell se inspira en el de Charles Manson y el de Suzanne, en Leslie Van Houten*

* Me han comentado por Twitter que  la figura Suzanne se acercaría más bien a Susan Atkins. Mirándolo bien, por fidelidad del personaje en cuanto a los hechos reales, es más correcto. Pero, como me he imaginado a Suzanne como Leslie Van Houten durante toda la lectura, permitidme que mantenga esta
inexactitud en la reseña. 

La Evie adulta recuerda estos episodios de su vida a raíz de un encuentro con el hijo de un viejo amigo y su joven novia, quienes la teletransportan a aquella época y hacen que se reencuentre consigo misma. Claramente, el grueso de la trama está en 1969; el “presente” es algo descafeinado, anecdótico, apenas el extremo del hilo por el que empezar a desenmarañar el ovillo.

Lo más interesante, lo que más me gustó, sin duda alguna, es la personalidad de Evie y su evolución, porque es un espejo donde buena parte de las mujeres (de un tiempo a esta parte) podemos mirarnos.  

“Como chicas, el proyecto constante de nuestra persona parecía requerir atenciones extrañas y precisas. Ahora, de adulta, me maravilla el mero volumen de tiempo que malgasté. Ese todo o nada que se nos enseñó a esperar del mundo, las cuentas atrás de las revistas, que nos exhortaba a prepararnos con un mes de antelación para el primer día de colegio […] Por aquel entonces, yo estaba siempre pendiente de la atención de los demás. Me vestía para generar amor, me bajaba un poco el escote, adoptaba una mirada melancólica cuando me mostraba en público, una mirada que insinuaba muchos pensamientos profundos y prometedores, por si acaso a alguien le daba por echar un vistazo.”

“[…] mi sonrisa, tan permanente y obsequiosa como la de una dependienta, y lo vacía que me sentí cuando todo terminó, cuando nadie necesitaba mirarme […] Todo el tiempo que había dedicado a prepararme, esos artículos que enseñaban que la vida no era más que una sala de espera, hasta que alguien se fijara en ti… Los chicos habían dedicado ese tiempo a convertirse en ellos mismos.”

Es difícil no sentirse identificada con ella, con sus inseguridades, con todas las imposiciones que tan bien definidas quedan sobre el papel. El ansia por agradar al resto, la importancia de las opiniones de terceros por encima del bienestar personal, la competitividad entre chicas/mujeres, alimentada, claro está, por esta sociedad nuestra que tan poco ha cambiado, en ciertos aspectos, desde 1969; y, a la par, también ese apoyo mutuo que nos damos (por paradójico que parezca comparándolo con lo anterior).

“A esa edad yo miraba a las mujeres con un ojo brutal e impasible. Evaluaba la curva de sus pechos, imaginaba la pinta que tendrían en diversas posturas ordinarias […] Sólo las chicas pueden prestarse unas a otras verdadera atención, la clase de atención que equiparamos con ser amadas. Se fijan en lo que queremos que se fijen.”

Hay mil y un pequeños detalles como estos que me han enganchado a la novela. Obviamente, la prosa de Emma Cline, a la que nada hay que reprocharle salvo, quizás, el perfeccionismo extremo con que comienza (pero que se va relajando poco a poco) y con la que logra darle forma a Evie (y a los demás, por supuesto, pero sobre todo a Evie), hasta crear a una protagonista maravillosa. Las dudas, el primer acercamiento a la masturbación (ejem tabú ejem), al sexo, a la obsesión, al vacío sentimental, la mella que le deja la separación de sus padres… 

“Visitaba la revista con la regularidad de un penitente, y la dejaba cuidadosamente en su sitio cada vez. Corría el pestillo de la puerta del baño con un placer jadeante y angustioso que pronto me llevaría a frotarme la entrepierna con las costuras de las alfombras, con el borde del colchón. Con el respaldo de un sofá. ¿Cómo funcionaba eso siquiera? Que reteniendo la imagen flotante de la chica en mi mente pudiera construir esa sensación, una capa de placer que crecía hasta hacerse compulsiva, el deseo de sentirme así una y otra vez. Resultaba extraño que me imaginase a una chica, y no a un chico.”

“[…] Yo ya había hecho alguna cosa; sin llegar al final, pero casi. Los manoseos en los pasillos en los bailes del colegio. La asfixia chirriante de sofá de unos padres, con los pliegues de las rodillas sudados. Alex Posner escurriendo la mano por debajo de mis pantalones con un estilo exploratorio, frío, y apartándola bruscamente cuando oímos pasos. Nada de eso -los besos, la mano clavándose en mi ropa interior, el ansia pura de un pene entre mis dedos- se parecía ni de lejos a lo que hacía yo sola, a ese aumento de presión, como si subiera unas escaleras. Me imaginaba a Peter casi como un correctivo a mis deseos, cuya compulsión a veces me asustaba.”

Y todo esto se contrapone en el propio libro. Me explico. La inseguridad (muy mal disimulada) de Evie, su casi indefensión, aparece de nuevo en la figura de Sasha, la novia de Julian (hijo de un viejo amigo de Evie). Una chica joven, menuda, el juguete de Julian, menospreciada y lucida como trofeo ante sus amigos. No hay tanta diferencia a pesar del paso del tiempo.

“Ya debía de haberlo perdonado por dejarla tirada. A las chicas se les daba bien colorear esos decepcionantes espacios en blanco. Pensé en la noche anterior, en sus gemidos exagerados. Pobre Sasha.”

[…]

“Pobre Sasha. Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan, y qué poco recibirán jamás la mayoría de ellas. Las canciones pop empalagosas, los vestidos descritos en los catálogos con palabras como atardecerParís. Y luego les arrebatan sus sueños con una fuerza violentísima; la mano tirando de los botones de los vaqueros, nadie mirando al hombre que le grita a su novia en el autobús.”

Ahora sería el momento idóneo para la arenga feminista, pero es tan cansado tener que repetir las mismas cosas una y otra vez con idéntico resultado, o sea, ninguno, que me frustra. Leer sobre esto en ensayos y artículos varios indigna, desmotiva, etc., pero leerlo tan bien insertado en el transcurso de una narración es un nivel superior. Me enamoró Chimamanda Ngozi con sus ataques (ejem sutiles ejem) en Americanah y me ha pasado lo mismo con Emma Cline. Ojalá estos mensajes, perfectamente abiertos, lleguen a su público en condiciones y el libro, aparte de entretener, conciencie y sirva para mirar ciertas cosas, aunque sean minúsculas, de otra manera. Aunque solo sea un comportamiento, con qué poco serviría.

Pero bueno, dejando de lado ESTO, tengo ciertos comentarios pendientes sobre la obra en sí (a fin de cuentas, solo he hablado sobre el carácter de Evie).

En 1969, Evie atraviesa la consabida etapa de descubrimiento personal y cree haberse encontrado por fin, aunque no haga más que fingir, desear ser realmente lo que, por unos meses, va a ser. Y durante unos meses, por verano, va a vivir (o vagar) por el rancho de Russell. Evie conoce a las chicas una tarde, se emboba observando la belleza atípica de Suzanne y quiere ser como ellas. Simple. Al cabo de unos días se las encuentra y, por azares de la vida, termina yendo con ellas al rancho. Una niña de 14 en un torbellino de drogas, sexo, suciedad e hipocresía… Obviando lo chocante que es por momentos, me parece muy crudo todo lo que del rancho se cuenta. Y la maravillosa manera en que se endiosa a Russell a través de las chicas y de las experiencias de todas con él. 

Huelga decir que se pasan el día colocados/as y que esto, unido al poder de convicción del propio Russell, es lo que subvierte a las chicas y las convierte en sus seguidoras más fieles. Ahora bien, que no parezca que aquí lo que interesa es Russell, porque es todo lo contrario. Su relación con las chicas (Suzanne, Helen, Roos, Donna) ayuda a definirlas, a darles una forma que ojalá fuese aún más precisa, pero todas tienen voz propia, todas existen al margen de Russell, y el comportamiento entre ellas es de lo mejor del libro.

Ver cómo Russell las utiliza para su provecho personal es desagradable. En la novela, éste mantiene una especie de amistad interesada con un tal Mitch, un musiquillo de cierto renombre, del cual intenta obtener contactos para grabar un disco y conseguir fama y dinero. Muy desagradable y muy doloroso, porque ellas no se dan cuenta de la espiral de decadencia en la que están, idealizan a Russell, lo idolatran y, no cabe duda, harían cualquier cosa por él. Sus habilidades de manipulación son increíbles. Gran tipo.

“La bofetada debería haberme puesto más alerta. Como quería que Russell fuera bueno, lo era. Como quería estar cerca de Suzanne, me creía todo lo que permitiera estar allí. Me decía a mí misma que había cosas que no comprendía. Recuperaba las palabras que le había oído decir a Russell y les daba la forma de una explicación. A veces tenía que castigarnos para mostrarnos su amor. Él no quería, pero tenía que hacernos seguir avanzando, por el bien del grupo. A él también le dolía.”

A partir de un cierto momento, todo se desmadra. A través de los ojos de Evie, lo vemos todo, aunque en la distancia, porque parece que no acaba de encajar, que le viene grande. Todavía tiene que lidiar con problemas en casa, le gustaría ser mucho mayor para vivir el rancho en condiciones, para despegar de la que ahora considera su insulsa vida previa. Y ocurre un episodio en casa de Mitch que es de lo más interesante de la novela. E inquietante. Diría que es revelador, especialmente por las implicaciones que tiene después, por el despertar de un sentimiento muy poderoso. 

De aquí al clímax final no hay un acción demasiado excelsa (y eso que son unas ochenta páginas), pero sí bastante reflexiva. Y, ese clímax, ya es conocido: los crímenes a sangre fría de las chicas Russell (y Guy) por Russell, y que las acabarían condenando a penas de cárcel interminables. Lo bueno, supongo, es la forma entrecortada de contarlo, el buen manejo de los tiempos para que no pierda el interés, pero para que tampoco se suba al carro del drama.

Y las buenas reflexiones de la Evie adulta al respecto, entremezcladas con la voz de adolescente, fundiéndose ambas, tal vez, por momentos…

Realmente merece la pena leer este libro. Hay altibajos, hay cosas mejorables, hay unas chicas magníficas que ojalá pudiéramos haber conocido más. Hay una Suzanne absolutamente increíble, un mundo femenino atemporal e hiriente. Y una primera novela de una autora que, a decir verdad, deja con ganas de leerla en futuros proyectos.

“Negó con la cabeza y vi en su cara un leve atisbo de preocupación por mí, un reconocimiento, pensé yo, de lo valiente que era. Aunque debería haber sabido que cuando los hombres te advierten de que vayas con cuidado, a menudo te están previniendo de la película oscura que se les pasa a ellos por la cabeza. Alguna ensoñación violenta que los exhortarte con culpabilidad a volver sana y salva a casa.”

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7 comentarios en “Sobre “Las chicas”, de Emma Cline

  1. lapalmera54 dijo:

    Me has dejado sin palabras y la voy a leer aunque su 1969 no se parezca en nada al 1969 que vivíamos aquí. Algo me hizo recordar los viejos de tiempos de inseguridades, aunque aquí fueran unos años después porque siempre íbamos con retraso respecto al mundo, y ahora leo esta reseña que me ha dejado muy pensativa!.. será el efecto Eve madura.
    Gracias por tan buenísima descripción.
    Anyi

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  2. S. dijo:

    ¡Buenas!
    He venido rauda a leer tu reseña sobre esta novela porque he oído de ella y por el tema podía interesarme, pero tenía dudas respecto a cómo se había enfocado el libro.

    No quería encontrarme con una historia que se basara en el morbo de contar escenas de sexo, drogas y bla bla bla adolescentes, pero parece que no es el caso. Las citas que dejas y otras que he leído tienen buena pinta y parece que lo que me temía no se da, así que es probable que en el futuro lo lea. Ahora mismo no me apetecen más historias de personas desdichadas, la verdad :’D

    Además, con el hype que rodea al libro, creo que más me vale esperar un poco para no acabar con un “meh, tampoco es para tanto” .3.

    ¡Abrazotes! ♥

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    • ¡Hola! El hype es farragoso, pero en esta ocasión a mí no me jugó una mala pasada, así que lo recomiendo a lo grande. Pero, por si las moscas, contrasta, que no hay nada peor que llevarse la decepción del 13.

      Si lo lees, espero que lo disfrutes mucho.

      Besinos ❤

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  3. ¡Hola!
    El otro día lo he visto entre las novedades de la biblioteca, estuve a punto de cogerlo y aún no tengo claro porque no lo he hecho. En algún momento me animaré, quiero comprobar el porque a todo el mundo gusta tanto, pero como siempre, quiero que pase un poco el boom, por decirlo de alguna forma.
    He ido leyendo tu entrada un poco por encima pero volveré, cuando lo lea volveré a leerla más detalladamente. En aspectos generales me has dejado con ganas de cogerlo, de olvidarme del boom y de leerlo y disfrutarlo sin pensar en todo lo que el libro ha generado.
    Un beso

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