Matar al padre

Hay varias razones para justificar que el blog esté en un coma inquietante últimamente, pero hay una que es, sin duda, la principal: no leo. O leo poco. O leo mal. Aunque sobrevive a base de pequeños textos, de desahogos comprensibles (o no tanto), su origen y su fin último, la literatura, ha estado tan ausente en mi vida en estos meses pasados que me ha sido imposible publicar, aunque fuese una miaja de contenido.

Supongo que son los cambios, la necesidad de vivirlo todo y de vivirlo bien, las luces de la ciudad… mil y una cuestiones que me han mantenido al margen de las letras (más allá de las en absoluto tentadoras divagaciones de mis apuntes). Sin embargo, solo la literatura salva a la literatura y aquí estoy, otra vez, tratando de aferrarme a los libros para recuperar una parte de mí que ha estado parpadeando, como un intermitente ansioso en una bifurcación desconocida.

No me había dado cuenta de que había algo que me faltaba hasta que volví a ello. Se está perfectamente bien sin leer, no provoca traumas, no se pierde ingenio. Los argumentos clasistas a favor de la lectura son meras falacias. Pero cuando te has estado apoyando en las letras durante años es normal que hayan terminado por escarvar en alguna parte dentro de ti. Y no se puede plantar cualquier especie en un terreno concreto; el riesgo de que no crezca es grande.

Supongo que es lo que ha sucedido. Las semillas de un entretenimiento seriéfilo crecen en su era; las del cine lo hacen en la suya; las de OT son como eucaliptos, crean belleza momentánea y arrasan con el sustrato poco a poco, sin que lo parezca realmente. Pero en el terruño de los libros solo crecen libros, por lo que he podido comprobar recientemente.  

Por suerte, hay uno que ha resistido las embestidas de la pereza, que he sobrevivido y florece, poco a poco, invitando a una repoblación de la huerta. Una apocalipsis humana y deshumanizada a partes iguales, cimentada sobre el dolor, la pérdida y la incapacidad para sobreponerse de manera racional a los cambios. Digamos que Station Eleven me ha dado las fuerzas (y las ganas) necesarias para seguir cargando de libros mi bolsa de viaje, para añadir nuevos recursos a los textos que en algún momento escribiré y para mantener viva una imaginación que empezaba a petrificarse, a acomodarse en lugares comunes y a vestirse con las manidas resoluciones de otros.

Así que volveré, pronto, probablemente con la inmensa necesidad de hablar de Station Eleven, con ganas de retornar a la tranquilidad tras el último examen que me espera, en unos días. Con ganas de plantar y regar y recortar la maleza para recoger, quién sabe cuándo, una cosecha digna. 

“It doesn’t make sense,” Elizabeth insisted. “Are we supposed to believe that civilization has just come to an end?

“Well”,” Clark offered, “it was already a little fragile, wouldn’t you say?”

Station Eleven, p-248

 

Clara S

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Un comentario en “Matar al padre

  1. Xavi dijo:

    Hay que tomarse el tiempo necesario para que entre el apetito y crear poco a poco el menú literario. No siempre el tiempo es proclive a la lectura. Paciencia: como en los procesos de creación, todo a su debido tiempo.

    Salut!

    Le gusta a 1 persona

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