Cosas feministas (II) – De putas, zorras y guarras: el lenguaje corrompido por el machismo

Recupero para el blog este texto publicado en un medio feminista digital hace unas semanas. Espero que os guste.

Publicado originalmente en Feminopraxis

Tengamos la siguiente situación:

[Una mujer, no pensemos en su nacionalidad, no pensemos en su raza, no pensemos en su estatus social (aunque la diferencia entre alguien de clase alta y alguien de clase trabajadora sería inmensa), tiene cuatro parejas seguidas. Cuatro affaires que no significan ninguna atadura para ella. De pronto, decide que quiere tomarse un descanso, que no le interesa tener nada con nadie, ni repetir aventuras con alguno de sus cuatro ligues ni buscarse uno nuevo. Pero da la casualidad que uno de los ligues, un hombre, considera que es el momento idóneo para tratar de pescar ahora que las aguas no parecen complicadas. Ella le rechaza. Él insiste. E insiste, e insiste. Sigue leyendo

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Recapitulación (I)

21 de octubre, sábado. Hace algo más de un mes que comencé las clases en la universidad. Un mes desde que me instalé en Sevilla, un mes de readaptación a mi propia vida. Un mes de novedades, buenas y malas. Y aquí, de nuevo, dejándome caer por el blog, como quien saluda a la nostalgia que viene a recogerlo periódicamente. Está sonando Spotify, oscilando entre los nuevos discos de Benjamin Clementine y Foo Fighters, y hace calor,  pero un calor que permite vivir sin fundirse con el suelo. 21 de octubre y aún no he hecho nada que me permita decidir si estoy donde quiero estar, si estoy con quien quiero estar y como quiero estar.

A veces echo de menos mi casa, mi cama, la tranquilidad del hogar vacío, la seguridad de lo conocido. Otras me alegro de haberlo dejado atrás, al menos por ahora.

Me aclimato a la ciudad, al hedor constante que invade las calles, al carril bici interminable que las enmaraña, a los adoquines desiguales, a las procesiones inesperadas, al crucifijo a escala con un cristo de músculos de la facultad, a los brazos abiertos de todo el mundo y a su superficialidad. Me agobia el buenrollismo autoimpuesto, el colegueo aleatorio que tanto abunda por no verse solo, el horario de tardes que me arruina la siesta, el no haber empezado a estudiar ni una miaja a estas alturas, el no saber si es la elección correcta o solo un trampolín a quién sabe qué siguiente etapa.

Pero relax, pienso en relax. Lo difícil era llegar y ya estoy dentro. He decidido tomármelo con calma, sin presiones, tomar contacto poco a poco y buscarle el lado bueno a las cosas. Cierto que no todo el mundo lo ve así, cierto que haberme metido de lleno en las ciencias es un suicidio en cuanto a la colectividad, porque la competitividad es la base sobre la que se ha venido asentando cualquier desarrollo técnico. Y probablemente sea la única queja que puedo tener de todo lo nuevo, más allá de pequeñas nimiedades. La competitividad, la mezquindad a la que puede llevar la necesidad de sobresalir y el despliegue de lo peor de cada uno para dejar atrás al resto. Un desencanto de calibre, una decepción y una toma de contacto con la realidad.

No más novedades en el frente.

PD) Bueno, en realidad sí. Tengo estas dos maravillas en mi cuarto. Y pocas cosas me satisfacen más que rodearme de mujeres de papel.

 

Clara S

Stephen King en la pantalla: It (2017)

Stephen King tiene en su haber decenas y decenas de novelas (incluso algunas, como Cujo, que, como él mismo menciona en su On Writing: Memoir of the Craft, no recuerda haber escrito). Paralelo es el número de adaptaciones de sus obras, que también se cuentan por docenas y que comprenden desde películas tan notables como El resplandor, de Kubrick, a la nostálgica, por no decir otra cosa, teleserie de It de 1990. Resultado de imagen de stephen king monsters

Este año, después de unos cuantos con el proyecto parado, con un baile de directores y de guionistas, así como de actores, el remake de It ve por fin la luz. Lo hace de la mano del argentino Andrés Muschetti y con Cary Fukunaga (quien había sonado como director) aportando buena parte del guion (antes de abandonar el barco). Una película de terror anunciada y esperada que parece destinada a convertirse en aquello para lo que fue creada: un blockbuster, un taquillazo de terror tras el verano.

Las comparaciones son odiosas, más aún si se hacen, como en este caso, con la intención de dejar atrás la teleserie de los noventa, que pudo haber aterrorizado a muchos niños (y no tan niños en su momento), pero que hizo, a nivel visual, de reparto y de tratamiento de la trama, una auténtica escabechina. Por eso este regreso de la nostalgia de hace ya casi 30 años parece apetecer. Y mucho. Sigue leyendo

Sobre el verano

En verano me cuesta mantenerme al día con el blog: demasiado tiempo libre como para organizarlo y hacer algo productivo con él.  De hecho, en todas estas semanas de vacaciones apenas he cogido un libro y me he dedicado, la mayor parte del tiempo, a vagar como alma en pena, rogando por un poco de sol en el norte, y refugiándome en series y películas.

De todas formas, aprovecho un momento de inspiración excepcional (el saber que todo lo bueno se acaba) para compartir por aquí lo que he leído/visto estos últimos meses. En mayo y principios de junio, por eso de preparar la selectividad, estuve bastante fuera de todo, así que lo principal viene a partir de esas fechas. 


Huelga decir que este año no estoy muy por la labor de leer. No sé por qué, pero apenas lo hago y no me pide el cuerpo hacerlo, así que es la pescadilla que se muerde la cola. Desde mayo he leído cinco libros, a saber:

Una casa en Bleturge, de Isabel Bono

Orthodoxia: Cuando la muerte no es un número al azar, de Ulises Bértolo

La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca

Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima

1984, de George Orwell

También tengo otros tantos a medias. Sigo con The Feminist UtopiaItLa buena compañía, pero he sumado otros tres a los empezados: El pulgar del panda, de Stephen Jay Gould, El mono desnudo, de Desmond Morris y La vida invisible de Eurídice Gusmão, de Martha Batalha. Este último me está gustando mucho (estaba siendo lectura de playa), pero da pena terminarlo, así que me lo estoy tomando con calma -y eso que es , todavía, el tercer libro que llevo del reto Viajar Leyendo. También he avanzado un poco con El segundo sexo y con Danza de dragones, pero este último sufrió un accidente (se le desprendió un pliego de páginas) y lo he dejado un poco de lado.  


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Recuerdos y redes

No me gusta, por lo general, leer cosas escritas uno, dos o más años atrás. Sucede, simplemente, que no me identifico con lo que se ha escrito y, en muchos casos, con la versión de mí que los escribió. Por eso tiendo a deshacerme de ello. Claro está que, si es algo determinante, no voy a suprimirlo así como así, porque es algo que formó parte de mí y que ha estado en el camino que he recorrido hasta el momento actual. Sin embargo, cuando se trate de asuntos más banales, me los quito de encima en cuanto tengo ocasión.

Esto ocurre en mis redes sociales. En Facebook conseguí, hará unos meses, deshacerme de todas las publicaciones que aparecían en mi perfil y que no se adecuaban en absoluto a lo que ahora haría o diría. En Twitter me dediqué, durante el verano pasado, a borrar tuits con paciencia y a limpiar mi cuenta. Este julio he vuelto a la carga y he empezado a borrar publicaciones (si por mi fuera lo borraría todo, pero hay retuits y ciertos contenidos que me gustaría mantener, así que no termino de animarme) y, al hacerlo, me ha invadido la nostalgia.

Entre todos esos mensajes breves, que ni siquiera llegan a los 140 caracteres, he visto transcurrir estos últimos años de vida a trompicones. De manera concentrada y dispar, obviamente, pero ahí estaba. Y, aunque no fuese capaz de recordar el motivo de la redacción de tal o cual mensaje, o su intención exacta, es un museo de recuerdos que permiten evocar escenas, sensaciones o sentimientos de otra manera aparcados en un garaje oxidado del olvido.

Personas que han llegado, han desordenado la habitación y se han marchado de un portazo; decepciones, desilusiones, reencuentros, días de optimismo exacerbado, alegrías momentáneas y triviales. Todo recogido en textos de lo más variopintos, en fragmentos de canciones, en pequeños vídeos, en gifs o en pensamientos de otros que, por lo que sea, terminamos haciendo nuestros.

Ahí está todo. Unas memorias a tiempo real que pueden llegar a hacer mucho daño, que te traen alegrías esporádicas y que son agridulces, en definitiva, como la vida misma.

Hasta este momento no me había dado cuenta de qué manera acabo, acabamos, si se me permite apoyarme en este recurrente plural mayestático, vertiendo nuestra vida en las redes, impregnando todo nuestro alrededor de pequeños detalles que recuerdan instantes concretos. Y de lo complicado que resulta saber hasta qué punto se puede continuar volcando el contenido de la jarra sin secarla ni inundar los alrededores.