Reseña: Dios hizo el mundo en 7 días… Y se nota, de Luis Piedrahita

¡Hola! ¿Cómo lleváis la semana? Probablemente con ganas de que llegue el finde, ¿eh? Bueno, entre que se acerca y no, os dejo con la reseña de un libro de Luis Piedrahita… Buen humor para un buen martes ^ ^

Según el Génesis, Dios hizo el mundo en una semana «y el séptimo día descansó»… Bien, vale, pero… ¿a qué se dedicó Dios ese domingo?… Una cosa está clara: no fue a misa… Porque eso no sería descansar, eso sería pasarse a ver qué tal va el negocio… Y es que, en este mundo creado en siete días, los zapatos y los pies pueden ser un indicador de la economía y la salud moral… Porque sólo hay dos tipos de países: aquellos en los que hay más pies que zapatos y aquellos en los que hay más zapatos que pies… Sin duda, lo que nuestro planeta mal hecho necesita es un poco más de humor… Como el que llena las páginas de este libro. Un nuevo y descacharrante volumen de monólogos del rey de las cosas pequeñas.


  
Para empezar con gran objetividad esta reseña: ¡Me declaro fan de Luis Piedrahita! Pero no una fan cualquiera, no; una aficionada fiel y embelesada (como las de los One Direction o similar). Quizás muchos de vosotros hayáis oído hablar de este hombre, galeguiño de corazón y de palabras justas y acertadas.
Eso sí, a mí los monólogos me cuesta digerirlos, es más, es muy difícil que uno me haga reír de verdad, pero los suyos derrochan una simpleza, un detallismo y una complicidad con el público (o lector, en el caso del libro), envidiables. Este libro, entonces, es una recopilación de muchas de sus actuaciones, de esa retahíla de frases bien conjugadas, sobre los grandes olvidados de nuestros hogares, de esos objetos despreciados por la humanidad desde la mismísima creación.
Dios hizo el mundo en 7 días… Y se nota, es una lectura desenfadada, ligera, pero que recomiendo tomar en dosis reducidas porque puede suceder que seamos víctimas de un “empacho” de ingenio y no consigamos apreciar ese “buen” humor escondido detrás de descripciones cotidianas.
En cuanto llegan los Carnavales deciden ponerse una careta de monstruo, un mono azul de mecánico y ya está: ¡mecánico monstruo!
Ese tío no se lo ha currado mucho.  ¿Qué ideas desecha una persona que se disfraza de mecánico monstruo?
“Verdugo irlandés, no; cazador de focas, tampoco; mantis religiosa, me va a picar el traje… ¡Mecánico monstruo!” Y hala, a hacer fechorías…
¿Tiene calidad? Lógicamente, yo no decidí elegir esta lectura en vistas a una prosa envidiable ni mucho menos. Me sucede lo mismo que con “¿Para qué sirve un cuñao?”  o ¡Viva la madre que me parió! que me enfrenté a un buen rato, simpático, pero tampoco mucho más. Probablemente, si lo disfruté como lo hice fue,  porque muchos de los monólogos los había visto en “El club de la comedia” (de refilón, porque suele ser infumable) previamente y, a medida que leía, iba recordando la “puesta en escena” de Luis Piedrahita, con esa voz chirriante tras varios minutos de discurso, y me amenizó aún más la tarde. Sinceramente, me parece que tiene mucho arte , que consigue hacer que se nos escapen las carcajadas sin necesidad de recurrir a temas escatológicos ni a un vocabulario soez, lo que lo coloca bastante por delante de otros cómicos que crean su humor a base de tópicos bastante vulgares.
Hay una frase que resume las reglas de todos los juegos del mundo: “No, es que en mi casa jugamos así”. Dicho eso, dicho todo. Ya te puede pillar la poli jugando al tres en raya con cocaína. Tú los miras así, con las pupilas dilatadas, y dices: “No, es que en mi casa jugamos así”
Algunos capítulos se me hicieron algo pesados, ciertamente, pero en general mi percepción de la obra es positiva. Os la recomiendo para que la leáis en la misma situación que y lo hice, es decir, entre novela pesada y novela pesada. Para relajar un poco la mente y abrir de nuevo el pensamiento (y no quedarnos tontos de traición, romanticismo y sangre).
 

Os he dicho que hay varios monólogos suyos en internet (¿lo he dicho?) así que os he traído el video de uno de los mejores en mi opinión. Espero que os guste ^ ^

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Reseña: No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, de Laura Norton

¡Bueenas tardes, ¿blogosféricos?! ¿Qué tal lleváis la semana? Yo he leído lo que no está escrito, y es posible que acabe por transformarme en un libro andante. Es inevitable. Entre que me salen las páginas y no, os dejo con la reseña de es simpática novela. No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. Curioso título, ¿no?

Si estás leyendo estas líneas es que te ha llamado la atención el título.¿Te gustaría decírselo a alguien?¿Serías capaz de decírtelo a ti mismo?Y lo más importante: ¿te gustaría mantener durante un buen rato la sonrisa que se te ha quedado en la cara? Pues esta es tu novela.Te podríamos contar con más o menos gracia de qué va la cosa, para que te hicieras una idea: que si la protagonista, Sara, es muy maja, que si tiene un trabajo muy interesante (es plumista, ¿a que nunca lo habías oído?), que si es un pelín obsesiva y alérgica a los sobresaltos… Por supuesto, la vida se le complica y se encuentra con que su piso se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx cuando en la misma semana se meten a vivir con ella su padre deprimido, su hermana rebelde y su excéntrico prometido y, sobre todo, el novio al que lleva mucho tiempo sin ver… Pero mejor no te lo contamos porque te gustará leerlo. Lo único que necesitas saber es que, desde el título, te garantizamos unas cuantas horas de descacharrante diversión como hacía tiempo que no disfrutabas.




Después de haber devorado dos buenas novelas, largas y con bastante carga emocional detrás, me dije que ya era hora de respirar un poquito y leer algo más ligero. Esta obra la había visto reseñada varias veces con bastante buenas opiniones y fue la que primero pillé. Me imagino que es el título lo que invita a leerla. No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas, más allá de reflejar el interior del libro, lo que ha logrado es un buen impacto en el mercado. Bueno, el título y también la sinopsis, muy divertida y enérgica. Cuando me leí el primer capítulo pensé que iba a prometer mucho. Comienza en una época adolescente de la protagonista, con mucha guasa y con un ritmo muy alocado y casi frenético. Casi no te das cuenta de que te has metido en la historia cuando te encuentras con Sara trabajando duro para la obra de teatro, a la que se había apuntado solo porque Aarón también. Y es, probablemente, lo mejor de todo el libro.
 Me ha hecho gracia la manera de narrar, de contar esos escarceos de juventud. Pero creo que el libro no pasa de ahí.  Es rápido de leer, entretenido pero hasta cierto punto, y con unos personajes un poco estúpidos, todo hay que decirlo. Al terminarlo y actualizar mi estado en Goodreads, vi una reseña de la lectura que me hizo mucha gracia y que creo que resumía perfectamente mi sentimientos sobre la novela. Era una chica que decía que, ni tan graciosa ni tan épica la obra, y que a la protagonista le faltaban un par de hostias. Pues no podría haberlo descrito mejor.
 En general, el ritmo de la narración es bueno. El problema es que tampoco hay mucho que contar. Lo de las plumas, que en un principio me pareció incluso un buen recurso para ir dirigiendo la historia, acabó por convertirse en ese algo petardo  que tenía la culpa de todo y que lo podía solucionar todo. No sé si me explico. Obviamente, aquí el tema constante es Sara-Aarón. Sí, Sara, que tiene un novio perfecto (bueno, que al final es un capullo con buen corazón), Rober, arquitecto, con los pies en la tierra, simpático; esa Sara parece sufrir una revolución hormonal al ver de nuevo en su vida metido a un viejo amor de juventud: Aarón. Este Aarón es como un donjuán moderno pero bastante recatado, sin echar muchas canas al aire. Canta en una banda que lo está empezando a petar (si, está empezando a triunfar con 30 años en un grupo para jovencitas, un poco a destiempo, ¿no?) y se ha prometido con la hermana pequeña de Sara, Lu, a la que le saca casi 11 años. Y entonces es como si el mundo dejase de existir y la protagonista se volviese loca, empezase a dudar de su amor por Rober y comenzase a mantener diálogos mentales con ella misma.
 
Entremedias de esto, se nos cuenta cómo Sara trata de preparar unos accesorios con plumas para un desfile de un amigo diseñador para la Madrid Fashion Week. Unos accesorios que hará y deshará y para los que (ante la imposibilidad de hacerse con más plumas) tendrá que colarse en el zoo. Sí, en el zoo, ¡Viva el surrealismo!, con Aarón (como no) y con Eric, un amigo arquitecto de Roberto que es noruego y que está encantado de vivir aventuras a la española. La verdad es que yo no me esperaba nada en especial del libro, pero el título daba la impresión de esconder algo mejor en el interior. No quiero decir que la historia me haya disgustado, porque, a pesar de todo, he pasado un rato entretenido leyendo y riéndome sola (algo que cada vez es más habitual y más preocupante), pero a la autora se le ha ido la pinza introduciendo situaciones extremas y disparatadas.
 Es algo que me supera, porque creo que una trama simpática puede sacarse adelante (y no lo digo con soberbia y superioridad, sino porque he leído a autores que lo han conseguido) sin tener que rozar casi la fantasía, con buena técnica y sin recurrir a chascarrillos típicos y a tópicos bastante comunes.
Eso sí, el final, aunque ha quedado muy divertido y todo lo que queráis, es muy irreal, porque vivimos uno de esos reencuentros románticos tan esperados. Y eso de atar todos los cabos y fueron felices y comieron perdices no me va.
 
 
 ¿Lo habéis leído?¿Qué os parece?
 
¡SOY TODA OÍDOS!