Dime, amor… O dulce sucedáneo

Si vais al archivo del blog y buscáis las primeras entradas publicadas (no lo hagáis, por favor, porque tal vez perdáis años de vida viendo mis inicios), os encontraréis con relatos, unos cuantos relatos. Digamos que abrí el blog en una época en que dedicaba bastante tiempo a maltratar palabras, así que colgaba algunos de mis escritos con cierta asiduidad. Sin embargo, hace más de un año y medio que no he subido ningún relato; tampoco he escrito durante este tiempo, sino que me he dedicado a leer y a reseñar para el blog y hacer entradas críticas con algún tema. Nada de ficción, como podrá verse.

Pero, ya que estamos (y que voy perdiendo la vergüenza a mostrar mis intentos de escritura en público), se me ha apetecido volver a colgar algo de este tema por aquí. En otra web sí que he colgado algún que otro relato (microrrelato, más bien), aunque ha sido más por desahogarme que por otra cosa. De esos he recuperado el que os comparto a continuación, un texto que escribí el año pasado y que, al volver a releer, me ha traído un aluvión de emociones.

Espero que os guste ^^

***

Me gustaría saber contar historias, poder desgranar las penas propias y ensuciar páginas con divagaciones literariamente embellecidas. Pero no sé. Aún no he aprendido a hacerlo. Entonces me sumerjo en una canción y dejo que el ritmo repetitivo me arranque las lágrimas que, de otra forma, se niegan a abandonar mis ojos. Es muy sencillo fundirse con la música. Aún más sencillo es que el corazón anide en una melodía conocida y se acomode, dispuesto a envolverse en sí mismo y repasar lo que no fue y pudo haber sido; lo que fue y no debió haber sido.

Sigue leyendo

Anuncios

Ultraje

¡Buenas! Hacía mucho tiempo que no “actualizaba” esta sección, y se me ha apetecido traeros un pequeño relato, que espero que no os disguste mucho. Yo hago lo que puedo ^ ^
ULTRAJE
El agua de la ducha se deslizaba por su cuerpo mezclada con el sabor salado del torrente de lágrimas que no era capaz de reprimir. Tenía la cabeza apoyada contra la pared mientras la regadera proyectaba un chorro helado sobre su cuero cabelludo.  No dejaba de tiritar. Abrazada a sí misma, como si tratase de impedir que se le escapase el alma de dentro. Los pelos como escarpias. Llorando por un miedo irracional que la visitaba cada noche alrededor de las once. La culpa en la garganta por no osar a rebelarse. Con los ánimos por el suelo y la vergüenza grabada con carmín en cada poro de su piel. Un arcoíris funesto deslizándose por su costado. Las marcas de un amor de guerra y una cobardía vencedora.
Se estaba muriendo. Por dentro quebrada, por fuera tatuada a fuego. Se había vuelto sumisa, débil. Fácil. Le dolía. Pero cada cardenal se incrustaba más dentro de ella.
El grifo se cerró. La puerta chirrió, crujientes pasos sobre el parqué viejo. Una voz pegajosa y vulgar que apremiaba a la huida.
-Ya estoy en casa, cariño.
Y se estremeció, como cada noche desde hacía cinco meses, cobijada en la esquina de la ducha. Sola, desnuda. Con el campo de batalla descubierto para recibir los misiles. El olor a alcohol de supermercado le revolvió las tripas. Y con las tripas revueltas se sintió ultrajar, entre susurros de amor repugnante y caricias ebrias.
La madrugada la encontró, desplomada en el suelo, con el cuerpo en carne viva y una palidez mortal.
¿Qué os parece? ^  ^